domingo, 3 de septiembre de 2017

Robinson Crusoe (1954) - Luis Buñuel

Como muchas de las producciones del gran Buñuel en tierras mexicanas, tenemos en este filme un trabajo muy atípico respecto a lo que alguien no muy conocedor de toda su filmografía, podría esperar, a la que convencionalmente se conoce como las aristas del cine del aragonés. Buñuel lleva a cabo algo ciertamente sorprendente dentro de su obra, adapta la historia mundialmente conocida de Daniel Defoe sobre el aventurero inglés perdido en una isla durante décadas, una historia a su vez adaptada al guión por Hugo Butler, guión en el que colaboró el propio cineasta, con las naturales distancias y cercanías de un arte a otro, de la literatura al ámbito cinematográfico. El aventurero e impetuoso Robinson Crusoe, inglés de cierto abolengo, contradiciendo a su padre, viaja por el mundo en busca de esclavos, aventuras, y termina extraviándose en una isla, aparentemente inhabitada, en la que va venciendo su soledad, su angustia, hasta encontrarse con otro ser humano, un indígena a quien llama Viernes, que se convierte en su criado; juntos se enfrentarán a caníbales, peligros, hasta que finalmente llegan otros aventureros a la isla, y consigue volver a la civilización. Buñuel expresa no pocos pensamientos respecto a una obra que asevera nunca le interesó en demasía, pues lo que le sedujo, afirmó, era la historia en sí de Robinson, su aventura, su soledad, su circunstancia.

                 


El protagonista habla de su pasado y cómo llegó a la isla, para luego ver una tempestad marina, y a Robinson (Dan O'Herlihy) en la isla, solo. Temeroso, aislado, avista los restos de su barco naufragado, y rescata algunos elementos. Encuentra otros acompañantes animales, un felino y un cánido, y va adaptándose a su entrono, cazando, descubriendo por accidente la agricultura, obtiene un rebaño de cabras, los meses van pasando rápidamente. Un día cae enfermo, sueña con su padre, que le recrimina haberse ido, y le niega agua. Sigue pasando el tiempo, va construyendo más cosas, se va independizando, hasta construye una balsa, intenta zarpar, sin demasiado éxito, y con sorpresa ve que su gata ha parido. Al cumplirse una efemérides, celebra bebiendo ron, se emborracha, alucina. Los años se suceden, deja de buscar ya barcos salvadores, su perro muere, va perdiendo la cordura, hasta que un día encuentra una huella humana en la playa. Avista caníbales y de entre ellos rescata a un nativo, a quien llama Viernes (Jaime Fernández), lo convierte en su criado, le enseña conceptos occidentales, lo civiliza un poco, va venciendo su desconfianza en el indígena, se vuelven amigos. Más tiempo pasa, se enfrentan a otro grupo de caníbales, hasta que un día, llega otra embarcación, con hombres blancos. Tras crearles una emboscada, Robinson logra hacerse con el poder del barco, y regresa a tierra firme, con Viernes.









El comienzo del filme, bastante cinematográfico, muy a las claras, con esa voz en off, ya nos va indicando la naturaleza de lo que será la primera parte de la película. La inmensidad de la literatura en este caso resulta insalvable, y la voz en off abruptamente se manifiesta reiteradamente, un recurso casi antagónico, considerando la soledad del protagonista, y la reincidencia constante del recurso ciertamente va en detrimento de la ilusión o efecto de total aislamiento y soledad, de hermetismo que se buscaba. Buñuel, podríamos decir, fue vencido, por la enorme distancia de un mundo artístico a otro, usando esa voz en off, un excelente recurso, cuando bien esgrimido, en otras oportunidades; aquí, el gigantesco desafío hizo que el cineasta se rindiera, y empleara en exceso ese recurso atípico en él, enemigo del cine más auténtico, como el genio Hitchcock aseverara. Aquí, lamentablemente, y durante toda la primera parte de filme, cuando Robinson no tiene con quién intercambiar diálogos, al parecer el cineasta no encontró otra forma de plasmar el universo mental de Robinson, sus acciones, sus evoluciones y descubrimiento. En esa primera parte, por si fuera poco, a la reiterada intromisión de la voz, se suma una igualmente reiterada música, que en efecto considero sobra, terminando de despedazar el hermetismo de la soledad de Robinson, uno de los pocos defectos que se le encuentran al filme. Por cierto, al ser, sobre el papel, un filme en su primera parte “mudo” (Robinson no puede cruzar palabra con nadie), el doble idioma en que es rodada la cinta fluye con inusitada facilidad, y es pertinente señalar que la presente reseña se basa en la versión inglesa, que no pocos cambios hubieron, imprevistos, habiéndose dado incluso al parecer la situación que Buñuel no llegó a ver el filme terminado. Es el primer filme a color rodado por Buñuel, y que curiosamente, sin embargo, asevera no tuvo demasiado que ver en las elecciones de ciertos encuadres, colores propiamente, temas vinculados a la cámara, viéndose obligado a comentar, respecto a un artículo sobre él publicado, que no era su palette (colores) la que fluye en la cinta, era la palette de Alex Philips, camarógrafo. Al usarse en su materialización un novedoso sistema, tuvieron que enviarse los rollos y tomas diariamente a Hollywood para que sean procesadas, generando esto un jamás experimentado retardo, dilatación en el tiempo de rodaje para el español.








Como se indicó al inicio, a Buñuel no le atrajo nunca la novela, le atrajo la historia de Robinson, su extraordinario caso de soledad, donde todo convencionalismo desaparece, donde todo previo concepto se va desvaneciendo, y nuevos conceptos fluyen, donde se descubre la fibra más interior e íntima del desdichado -¿o afortunado?- náufrago. El tema lo sedujo, el aristócrata que cambió lujos por exilio total, una isla donde su angustia, su desesperación, van aumentando, intenta hallar alivio en la biblia, hasta alcanzar el paroxismo, gritando en la roca, intentando hallar a Dios y encontrando la respuesta solitaria de su propia voz. Y claro, luego de la pérdida de Rex, su único vínculo con el mundo externo, la cordura va desapareciendo, surge la poderosa y simbólica secuencia de Robinson en la playa, dejando caer su antorcha al mar, extinguiendo el fuego, símbolo de la razón, lucidez y cordura, que dejan lugar a la impotencia, la derrota, la resignación. Buñuel se sintió atraído a mostrar al ser humano en tan extrema y epifánica situación, y lo hace dejando un guiño, su guiño, su gusto entomológico, pues después de todo, cual entomólogo, en el filme Buñuel realiza un estudio del hombre, de su interioridad, de sí mismo, como Robinson que se inclina sobre unos insectos en la isla. El ser humano asimila su circunstancia, el hombre evoluciona, vuelve al estado más primitivo, cual cavernario, re-descubre la agricultura, aprende a hacer su pan, va construyendo sus propias cosas, fabrica cerámicas, pipas (esto distinto en el libro), sombrillas, cercos, jaulas, incluso una bomba, aunque se omite el proceso de invención o fabricación, naturalmente mas explayado en la novela. Pero todo cambia cuando se va extinguiendo todo atisbo de compañía, y es que Viernes lo cambia todo radicalmente, salva al blanco, él hace a Robinson re descubrirse como humano, virtudes, amistad, lealtad, amor, con él, se reflejan, se complementan, casi una fascinante sanchificación tiene lugar, pues el aristócrata civiliza al salvaje, lo viste -en el final Viernes está totalmente vestido-, le enseña a fumar, lo teologiza, pero en el fondo, es el salvaje quien salvó al desesperado hijo de la civilización, que dejaba su fuego extinguirse en la playa, cuando los instintos más básicos amenazaban, como el canibalismo. Queda la paradójica interrogante de si la civilización salvó al salvaje, o viceversa, pues con Viernes redescubre Robinson la felicidad, se acaba la metáfora de la soledad total, completamente fuera de la civilización, redescubre su propio ser, su interior, afloran dudas sobre Dios, vuelve a amar su condición humana, o como dijo Buñuel, “se vuelven a sentir orgullosos de ser hombres”.









Y es que Robinson pese a todo siempre tiene una humanidad que nunca pierde, devuelve a la cría de ave al nido, sin embargo tiene a su vez la malicia inherente al ser civilizado, nunca suelta el arma, cuando Viernes le rechaza el pan, su inmediata acción es traer el mosquete; se persigue encarnar con simpleza de recursos, todo el espectro de las virtudes y defectos humanos. En el ecuador del filme, como dividiendo el relato, pierde ya el refugio de la biblia, se desespera, grita en el mar, es el momento clave. Por otra parte, los papeles de una y otra raza quedan pronto definidos, la primera acción de Viernes, tras ser salvado de los caníbales, es postrarse a los pies del hombre blanco, su salvador, su supuesto civilizador, cuando en efecto, es Viernes quien en buena medida es la salvación de Robinson, se redescubrirá como hombre el naufrago. Sin embargo, se sobrepasa todo eso, en un ambiente donde todo lo externo ha quedado reducido, incluso la relación amo-criado se evanece poco a poco, para surgir la amistad, fuerte lazo amical, casi fraternal. Y claro, tenemos a la gata que pare sus cachorros, la vida se mantiene, aún ahí, aún en esas circunstancias, hay vida, la vida nace, maravillando tanto a protagonista como a espectador al no saber, como dice Robinson, de dónde conoció al padre. El filme es un indirecto pero determinado homenaje al ateísmo, como el hombre, al estar completamente aislado, poco a poco va perdiendo no solo la cordura, sino todo convencionalismo, incluyendo claro, uno de los mayores, la religión, todo coronado y maximizado con ese diálogo sobre la biblia, que no ofrece respuestas, donde el salvaje, el incivilizado, hace tambalear al amo, al blanco, al civilizado cristiano con sus inquisitiva pregunta, que tiene más matices buñuelianos que de Defoe. El sueño, nuevamente, y como en tantas ocasiones con el aragonés, constituye la vía libre para que fluya el surrealismo, que por cierto fluye muy a cuentagotas en el filme, lo más cercano a su legendariamente conocido estilo onírico, y siempre teniendo en cuenta que el cineasta quiso ceñirse lo más posible al libro, y ciertamente lo hizo. “No quise hacer un Robinson a lo Buñuel”, dice, pues no fluye del todo ese surrealismo. Helo aquí, plasmando la novela a su manera, respetando el libro, la obra primigenia, pero plasmando naturalmente su sello, su impronta personal, con omisiones -como el retorno a la civilización de los aventureros en el libro, luego de la isla al final, faltante en el filme-, y con sus medios, hizo todo lo posible. Sabrosos atisbos de surrealismo afloran, como Robinson viéndose rejuvenecido y hacendoso en singular reflejo en el espejo, y claro, esa formidable secuencia, abandonando la isla, con los ladridos de Rex, donde el mejor Buñuel retorna, donde sin palabras es capaz de expresar un mundo entero. Es otro trabajo inusual de Buñuel, vaya versatilidad la del cineasta, esta es, junto a otras pocas, y con las obvias distancias de una cinta a otra, una película que a primera impresión no se reconocería como un trabajo de su autor, y justamente por eso, resulta muy interesante y seductor largometraje.






jueves, 24 de agosto de 2017

La Ilusión viaja en Tranvía (1954) - Luis Buñuel

Película con la que el enorme aragonés Luis Buñuel prosigue configurando su particular bosquejo de la cinematografía, y de la sociedad mexicana completamente, en la que algunas relativamente frescas novedades en cuanto a tópicos se aprecian, y otras vas cimentándose más, reforzando el estilo que el ibérico desarrolló en tierras aztecas. Se va a basar en esta oportunidad el gran Buñuel en una obra literaria, novela de autoría de Mauricio de la Serna, a su vez adaptada por José Revueltas, y en cuya adaptación también participó Luis Alcoriza, usual y memorable colaborador del director, en la que nuevamente se plasma mucho de México, de sus costumbres, de sus gentes, y de los sucesos que no cesaban de conmover al exiliado Buñuel. El genio aragonés retrata la historia de dos obreros, dos individuos que han laborado toda su vida manejando tranvías, y al comenzar el progreso, y ser reemplazado su medio de vida, se desesperan; durante una borrachera, secuestran el vehículo, y emprenden impensado e inverosímil viaje por las calles de la ciudad mexicana, donde diversas situaciones y personajes irán desfilando. El filme, muy bien logrado, pero sin estar ciertamente entre los mejores trabajos mexicanos del cineasta -por citar un ejemplo, Él-, continúa con la particular tradición buñueliana de mostrar el particular enfoque del director respecto a la tierra que lo albergaba, y que de uno u otro modo, no dejaba de impactarlo.

                           


Se inicia todo en México, en una ciudad que tiene una estación de tranvías, hay jornadas de los obreros, entre ellos Juan Godínez 'Caireles' (Carlos Navarro), y Tobías Hernández 'Tarrajas' (Fernando Soto), a quienes se informa que su tranvía será desmantelado, pierden su trabajo. Los amigos van a ahogar sus penas en alcohol, para luego ir a la festividad local, donde se encuentra Lupita (Lilia Prado), hermana del 'Tarrajas', y donde el jolgorio continúa. Entonces, en medio de su borrachera, deciden sacar el tranvía de la estación, a darle un último viaje, y sin querer tendrán que transportar, en plena madrugada, a todos los asistentes de la fiesta, aparte de otros pasajeros. Es así que trasladan a unos matarifes, viejas chismosas, religiosas, un aristócrata ebrio, y hasta un salón completo de niños escolares, que suben al vehículo por hilarante error. No se detienen los disparates, tienen los amigos que evitar a un inspector tranviario, y aparece luego Papá Pinillos (Agustín Isunza), antiguo empleado, despedido también de la estación tranviaria, que pretende demostrar que aún tiene valía para la compañía, y los delatará. Mientas el pueblo sufre por inflaciones, y mientras 'Caireles' corteja insistentemente a Lupita, Papá Pinillos reaparece, insiste en delatarlos, y casi muere de un infarto. De manera impensada, finalmente el tranvía es llevado de regreso a la estación, y nadie le cree a Pinillos el secuestro, todo sigue normal.








En un inicio de filme plenamente identificable de Buñuel, un comienzo estilo documental, una voz narradora en off presenta el espacio geográfico donde todo sucede, la ciudad de México, “gran ciudad como tantas del mundo, es teatro de los más variadas y desconcertantes sucesos, que no son sino pulsaciones de su diario vivir…”, nos dice la voz introductoria; es pues un comienzo plenamente documental, un inicio de filme muy del español, y que se asemeja mucho a Los Olvidados. Y a su vez que sirve de proemio dicha secuencia, mientras la nutrida tradición del documental fluye, se ensalza la sencillez, pues en esa sencillez y simpleza cotidiana, puede guarecerse algo maravilloso, inolvidable, tal vez solo para los protagonistas, o tal vez para alguien más. Conecta asimismo de inmediato a su filme el cineasta con el tema de gente obrera, la masa trabajadora que deambula y diagrama las historias, las entrañas de la ciudad de México, los que diariamente suben a ese tranvía, es un buen puente de conexión de un tema a otro, un inicio bastante versátil de Buñuel, cuya eficiencia y economía narrativa estaba ya bastante demostrada. Gran prolegómeno para que prosiga el español con su personal bosquejo de México, el diagrama de la tierra y su gente, sus costumbres, como cuando vemos la regional celebración de la piñata, -donde por cierto el director desliza un gran travelling, de los pocos en el filme-, las fiestas populares, pues el filme está basado en una exitosa historia, novela popular por cierto. Lo usual, lo cotidiano se funde con lo extraño, con lo extraordinario, algo tan cotidiano como las discusiones en el transporte público, afrentas, improperios, peleas por encarecimiento de productos, algo muy de la vida diaria en la clase media o trabajadora, fundido con muerte (los matarifes y Papá Pinillos, si bien éste no fenece ciertamente), elementos no tan normales. En este relato de ágil ritmo, lo real maravilloso surge de la situación más inesperada, los individuos cambian el letrero del tranvía, subiendo por error, e inverosímilmente, un aula completa de niños estudiantes; el hace unos instantes vacío y silencioso espacio, el micro universo, ahora está sumamente poblado, abarrotado de ruidosos infantes, una muestra del intenso humor de Buñuel, humor delirante, casi absurdo, pero a la vez factible. El filudo humor de Buñuel no se ausenta pues de ninguna manera, y asimismo veremos subir al tranvía a la gringa, como le llaman, la estadunidense, que al subir y decírsele que no se le cobrará por el viaje, sospecha que hay comunismo detrás de ese extraño evento; un humor mordaz, inesperado y por eso mismo efectivo.







Luego por supuesto viene la exquisita secuencia de la pastorela, donde por fin se plasma ya un vigoroso e inusitado surrealismo, acentuándose un oscuro onirismo, que permite, más extraordinariamente y palpablemente que nunca, que desde lo ordinario, lo cotidiano, lo real, se extraiga muy fluidamente algo extraordinario, algo maravilloso. El surrealismo no fluye, no discurre resueltamente como en otras ocasiones a través del obvio recurso de un sueño, donde todo el onirismo fluye con carta libre; ahora, si bien en menor medida, lo encontramos tímidamente disipado, encontrando por supuesto su máxima expresión en la citada pastorela. Entonces, muchos de los temas obsesión del cineasta fluyen juntos, la religión, plasmada de una de las maneras más memorables, desenfrenadas y delirantes en el cineasta, con la carnal Lilia Prado luciendo sus abundantes y túrgidas carnes, y ese divertido Lucifer, el ángel caído, rematado todo con la mordaz frase “esto pasa por poner de Dios a cualquiera”. Asimismo, la fortaleza en el guión vuelve a ser uno de los pilares del filme, con mordaces y elocuentes frases, entre las que, solo por citar un par, encontramos “mataría a una mula a pellizcos”, o incluso “todo en exceso es malo, hasta en la eficiencia”; nuevamente, como en muchos largometrajes mexicanos de Buñuel, los diálogos, ingeniosos y frescos, plagados de desenfadada y corrosiva ironía, exhalan una fluida elocuencia que refleja el sentir de la época, son un constante santo y seña en esta estadio de la producción buñueliana, y no será este filme la excepción, con su gran coloquialismo. Los diálogos entre el 'Caireles' y el 'Tarrajas' constituyen la más sólida base de esa riqueza coloquial, lo más ingenioso y entrañable, con sus ocurrencias, borracheras, bromas, llantos, lamentos y alegrías, son el corazón de la masa social representada, son el núcleo de esos humanos, con su ilusión, su ilusión que viaja en un tranvía. Encontramos particularmente similitudes con Subida al cielo (1953), y como Buñuel aseverara respecto a dicha cinta, en México no era de sorprender que a un bus subiese una persona con un animal vivo, cosa que plasmó en el citado filme; así, si antes fue una persona con una cabra en ese bus, ahora vemos a una mujer con un pequeño perrito, otro eco a la cinta con que se le empareja. Y claro, símilmente a Subida al cielo, tenemos a la descomunal Lilia Prado, ya no en un bus, pero sí en un tranvía, el análogo del micro universo; se encuentran pues obvias similitudes al mencionado largometraje, sobre todo el micro cosmos, pero considero que dista esto de conformar un trilogía, junto a ____, con nortes nítidamente definidos y diferenciables del resto de sus trabajos, como más de una vez he leído.








Técnicamente, la primera parte del filme tiene una muy oscura concepción, y no gratuita, pese a que todo ocurre de noche, y madrugada; luego, en la segunda parte del filme, ya de día, ya con potente iluminación, se seguirá configurando el no planeado viaje, el pintoresco bosquejo de variopintos representantes de la sociedad mexicana, con, si bien escaso, un trabajo de planos que refuerza ciertas escenas y su tensión. Respecto a los tópicos tratados, tenemos un interesante muestrario de los nortes políticos buñuelianos, empezando con el tópico de los obreros, de la explotación clasista, pero también de la inflación, con esos borrachines que nos dan una sensible muestra de la filiación política, del pensamiento esgrimido en el filme por el cineasta. Otros temas complementarios como empobrecimiento por devaluación de moneda, embrutecimiento del oprimido para lujo del opresor discurren, mientras la cámara realiza medios planos durante esa al parecer trivial descripción de un borracho, para luego alejarse significativamente. Algo de Alcoriza se nota en las reiteradas alusiones al pensamiento liberal, revolucionario, choques clasistas, conceptos básicos de economía, pero desde la perspectiva del obrero, del explotado, del adverso a la aristocracia. El elemento sexual en este caso, para un trabajo buñueliano, se advierte extraña y sorprendentemente aparcado, pero jamás obviado, en la figura de una conocida para el ibérico, la carnal Lilia Prado, con esas tan loables caderas, ominosos muslos, los que Buñuel, en muy agradecible gesto, tiene a bien muy sugestivamente mostrar en la citada secuencia de pastorela. Mención especial a parte para el Duque de Otranto, devaluado aristócrata, ebrio, divertidamente su participación es testimonial, muda, y el enorme cadáver porcino le vuela su sombrero con su balanceo. En este realista y a la vez mágico mundo, nuestros protagonistas son una suerte de ni héroes, ni antihéroes, gentes de pueblo, de acciones cualesquiera, pero a veces ruines, como abandonar al aula completa de estudiantes con su maestra. Algunas frases hirientes, coloquiales y expresiones propias de entonces fluyen, como el tema del huérfano, Lorenzana, reflejando ciertos prejuicios presentes. El vehículo, el viaje, es una metáfora existencial, de la vida misma, conteniendo un sketch de tópicos vitales, pues tenemos religión, deseo carnal, desengaños, muerte, aristócratas y obreros, clases y choques clasistas, que configura una película algo distinta a sus obras convencionalmente consideradas, el foráneo sigue mostrando su personal visión, su retrato de la tierra que lo acoge. Vaya colofón con el que clausura el aragonés su filme, dícenos el relator que todo se articula alrededor de simpleza maravillosa, y así ha sido, algo olvidable para el resto, ha sido epifánico para nuestros protagonistas, y la secuencia final también es muy buñueliana, siempre enemigo de besos en pantalla, muéstrase el único ósculo en plano general alejándose, mientras la película culmina, y mientras se recupera la voz narradora en off, y se nos devuelve a la perspectiva objetiva, del documental. Muy notable y apreciable cinta, frecuentemente catalogada como cinta menor, como tantas obras mexicanas del aragonés, pero siempre un largometraje interesante, contenedor de la esencia buñueliana.