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sábado, 30 de abril de 2016

El testamento de Orfeo (1960) - Jean Cocteau

Sería esta cinta la última película de la conocida Trilogía Órfica de Jean Cocteau, y asimismo la última de toda su filmografía. Y esa es una circunstancia que, tras visionarse el filme, tiene uno la sensación de que no pasó inadvertida para el multifacético autor francés. Tras La sangre de un poeta (1932) y Orfeo (1950), primer y segundo elementos del tríptico, respectivamente, el buen Cocteau clausura su célebre trilogía y a su vez su carrera cinematográfica, en lo que es a todas luces el testamento no solamente de Orfeo, sino del creador mismo, que llega al ocaso de su carrera en el cine. Prosigue el director con la directriz principal de toda la trilogía, con el hilo conductor por el que se mueven los personajes, esto es, la búsqueda que hace el artista, la búsqueda de conocimiento, de verdades, de sí mismo, una búsqueda que le traerá hallazgos de su propia persona, sus temores, sus obsesiones. Manteniendo todas, o muchas de las pautas previas de las anteriores dos cintas, el filme continúa esa exploración, pero ahora el cineasta se pone en la piel del protagonista, inclusive interactuando con sus propias creaciones, con sus personajes de las cintas previas, configurando un compendio de toda su carrera. Recluta a toda la terna actoral de la anterior Orfeo para este filme, sigue combinando realidad con planos oníricos, y es una hermosa muestra de cómo un artista, sintiendo ya que el final es inminente y próximo, se esmera por plasmar todo el conocimiento adquirido en una gran y final obra.

              



El filme inicia con unas definiciones habladas del arte por parte de Cocteau, tras lo cual vemos al propio cineasta, el Poeta, que se traslada instantáneamente de un sitio a otro, está buscando a un profesor, a quien encuentra (Henri Crémieux), quien lo recuerda de una vivencia pasada. El poeta luego tiene onírico viaje donde ve a un hombre caballo, llega a una suerte de bar donde se reencuentra con Cégeste (Edouard Dermithe), personaje de un filme suyo. Seguido por su joven personaje, recorre algunos espacios irreales, hasta llegar a un juicio donde el tiempo y espacio no existen, y donde lo esperan dos jueces (María Casares y François Périer los interpretan). Estos jueces inmediatamente lo acusan de abandonar el mundo real, por sus fantasías, mientras el poeta define, a petición de aquellos, lo que es para él una película, el cine, además de responder muchas otras preguntas que se le hacen, en un proceso en el que participan, además de Cégeste, otros individuos. Tras muchas deliberaciones, los Jueces lo condenan a vivir, mientras Cocteau reconoce ya en los jueces intemporales a sus personajes, la Muerte y Heurtebise, dialoga directamente con éste último. Cégeste, tras revelarle algunos detalles, lo acompaña a salir de la sala de juicio, juntos ven una extraña estatua que devora autógrafos, y luego se retira. El Poeta tiene tiempo para un final trayecto, en el que encontrará más personajes estrambóticos.









En cierta versión del filme, la conexión es tan evidente y resaltada que incluso hay instantes, imágenes de las secuencias finales de Orfeo, cuando la Princesa o la Muerte parte a su condena, con lo que la conexión con el tercer y final capitulo se evidencia y refuerza. El inicio en sí de la cinta es el prólogo hablado, es perfecto reflejo de lo que es la película, de carácter ilustrativo, prologando su obra testamentaria, dándonos algunas de las más importantes definiciones, conceptos de importantes temas para el artista, directamente nos habla de su concepto del cine, de su filme, de su arte. El saliente maestro, en su obra final, comienza brindándonos sus pareceres de esos importantes conceptos, sus reflexiones en el final de su existencia como cineasta quedan elocuentemente plasmadas con el inicio de su filme. Asimismo, se nos presenta prontamente el propio cineasta como lo que es, el protagonista absoluto de su cinta despedida, nuevamente se realizará surreal viaje, pero ahora ha cambiado el protagonista del mismo; él, Cocteau, es ahora quien se desplaza de una dimensión a otra, de la realidad a la tierra de lo fantástico, de lo surreal, es quien se traslada con libertad entre ambos mundos, desplazando de ese papel a la que en Orfeo fue la casi todopoderosa Muerte o Princesa. En el inicio de su filme se nos presenta como un individuo irreverente, con una vestimenta que nos recuerda al clasicismo pasado y que tiene cierto halo que recuerda a instantes tanto de Orfeo como de La sangre de un poeta, con la vestimenta y la peluca de siglos pasados, mientras aparece el dominador individuo, que tiene como una de sus primeras acciones, esnifar cocaína. Pero tras el disparo que solicita al profesor, pierde esa actitud para volverse el personaje que veremos el resto del filme, para volverse prácticamente Cocteau mismo, enfrentándose a atemporal juicio, en un lugar donde el tiempo no se aplica, donde los jueces son sus propias creaciones, la Muerte y su chofer Heurtebise, ambos intérpretes tienen idéntico aspecto al de los personajes que encarnaran una década atrás.













Hay lirismo y parsimonia en muchas de sus imágenes, particularmente agradando el viaje donde se encuentra con el hombre equino, una figura fuerte que hace pensar quizás en una alegoría a la inmortal Guernica de su amigo Picasso -a quien por cierto homenajea en la cinta-, o también podría ser una figura proveniente de la propia imaginería del cineasta francés, una figura de su propio universo onírico. Como se mencionó líneas arriba, el cineasta llega a ser tan consciente de su viaje, de su travesía, que inclusive interactúa con sus propios personajes, con Cégeste, con Heurtebise, con la Muerte, pues esos personajes, sus creaciones, han rebasado la condición de tales, y han adquirido su propia existencia y evolución, pasando a ser de meras creaciones, a poder iluminar y dar enseñanzas a su creador (notable el instante, tras el juicio, de Cocteau hablándole al Juez, y hablándole ya a su Heurtebise, obteniendo respuestas de lo que él mismo creó). El fuerte carácter de reflexión en la cinta tiene uno de sus puntos más altos cuando vemos al cineasta pintando una maceta, pero termina auto dibujándose, deslizando la idea de que el arte es un reflejo del propio artista, de que su creación artística es en realidad un reflejo de sí mismo, una imagen de sí mismo reflejada a través de lo que se representa, incluso se dice que siempre lo hace, es ciertamente una figura muy potente y significativa, que el buen Cocteau, en el crepúsculo de su existencia como artista, nos desliza, comparte sus reflexiones con nosotros. En este momento tan especial para el creador, se auto representa ante nosotros en el juicio atemporal, kafkiana circunstancia en la que se le cuestiona por su condición de artista, por escapar de la realidad, por pensar del modo en que piensa. Pero ese juicio hermético al tiempo finalmente es casi una excusa para que el francés nos deslice abiertamente todos sus pareceres, la querella a la que se auto somete sirve para que nos exponga sus opiniones, sus reflexiones.











Otra figura muy potente y notable es la de la estatua devora autógrafos, donde juega con el concepto de la celebridad, de la fama y reconocimiento que pueden alcanzar ciertos artistas, algo postizo y que puede ser dañino en ocasiones. Cocteau nos habla con franqueza, se percibe el sentimiento de aquel que es consciente de que plasma un compendio, un testamento, tan consciente como Cocteau en su filme lo es del viaje que realiza, de que sus personajes son sus jueces. El cineasta reflexiona así sobre temas extrahumanos, temas metafísicos, sobre el lenguaje del arte, un lenguaje que entienden pocos, y que hablan todavía menos individuos. Tan adecuado como conmovedor y significativo es que Cocteau utilice para esta final cinta y reflexión a la vez a toda la plana actoral de Orfeo, en sus últimas reflexiones en el mundo del cine trabaja con todo el equipo de la anterior parte de la trilogía, y a su vez se suma directamente al esfuerzo colectivo, formando parte central del elenco actoral. Finalizando el filme, la bizarra muerte que tiene el Poeta, nuevamente con hombres caballo interviniendo, es presenciada por unas personas entre los que destaca el citado e inmortal Pablo Picasso. En cuanto a la técnica cinematográfica sigue utilizando los trucos y recursos que ya había exhibido en sus cintas previas, con esos retrocesos de cámaras que permiten lograr ciertos efectos e ilusiones de onirismo. Bella cinta de Cocteau, sería su última película, su último largometraje, el joven prodigio, amigo de los poetas surrealistas, el amigo de los dadaístas, el como muy pocos versátil artista terminaba con este trabajo su particular andadura cinematográfica, repleta de obras notables, inmortales, que algunos elevan incluso a la categoría de filmes de culto. De ese modo termina la cinta y la producción fílmica de Cocteau, con esta cinta que comienza casi lúdicamente, al aparecer en el crédito inicial, la expresión “no me pregunten por qué” tras el título del filme, a cuyo final el autor afirma que estaría triste de que no nos agrade su trabajo, pues se esforzó mucho en realizarlo, como cualquier miembro del equipo de producción. Se despediría así uno de los cineastas franceses más interesantes de décadas contemporáneas, el multifacético Jean Cocteau.








Orfeo (1950) - Jean Cocteau

Continuará el versátil Jean Cocteau su triada fílmica, su tríptico cinematográfico, la conocida Trilogía de Orfeo con la cinta ahora comentada, la misma que constituye la segunda de las tres obras, siguiendo el camino de la surrealista e iniciadora La sangre de un poeta (1933). Ahora, Cocteau básicamente prosigue con el camino trazado por la cinta antes mencionada, es decir con la búsqueda que hace el artista, el creador, una búsqueda que no siempre está clara, que parece perseguir conocimiento, quizás autoconocimiento, lo que lo impulsa, aunque, en el filme que nos ocupa, ahora esa búsqueda llevará al artista creador ante la mismísima muerte. El literato y cineasta francés escoge para enmarcar su relato al mito griego por demás conocido, el mito del héroe helénico del título, a quien los dioses arrebatan a su esposa Eurídice, pero él, aprovechando su música extremadamente sublime, baja al Hades a recuperar a su amada, misión que finalmente no cumplirá. Como en toda adaptación cinematográfica de una obra proveniente de otra disciplina artística, la historia es respetada hasta cierto punto, pero luego el director plasma y refleja sus propios sentires, modificando la historia original en función de lo que quiere transmitir. La cinta se aleja del delirante y total surrealismo de la cinta que inició el tríptico, pero es un largometraje que explora, a través de un nuevo camino, muchas de las ideas esgrimidas en esa película, y sin abandonar completamente el universo onírico del que Cocteau gustosamente impregnaba sus trabajos fílmicos.

                   


En un café, está el vate Orfeo (Jean Marais) con unos camaradas, un sitio al que llega otro poeta, el joven Cégeste (Edouard Dermithe), acompañado de una fémina conocida como la Princesa (María Casares). Se arma una trifulca en el bar, altercado en el que Cégeste muere. La Princesa, al llevarse el cadáver a la policía, solicita a Orfeo sea testigo de lo sucedido. En el trayecto conoce al chofer de ella, Heurtebise (François Périer); ella aloja al poeta en su domicilio, exasperándose la esposa de él, Eurídice (Marie Déa), por su prolongada ausencia. La Princesa es en realidad la Muerte, que trae al difunto Cégeste de vuelta a la vida, y Orfeo vuelve con Eurídice. Pero Orfeo, obseso con unas transmisiones radiales, ignora a Heurtebise cuando éste advierte que Eurídice corre peligro. Sucede que, al igual que Cégeste, Eurídice muere y es ahora sirvienta de la Princesa. Orfeo  está obsesionado con la Princesa, y con ayuda de Cégeste, va a buscarla, cruzan un espejo para llegar a su oscuro mundo. En esos extraños dominios, incluso la Muerte, la Princesa, es juzgada por sus acciones y enamorarse a su vez de Orfeo, al tiempo que Heurtebise ama a Eurídice. Ante esto, la Muerte es castigada, Eurídice puede volver con Orfeo pero éste jamás podrá volver a verla o la perderá para siempre. Orfeo vive insostenible situación con Eurídice de vuelta al mundo real, y opta finalmente por luchar por la Princesa, una lucha fuera del alcance de la propia Muerte.









Con un correcto inicio de su filme, el gran Cocteau se desliga de un contexto concreto, de una fecha o lugar en específico, y nos desvincula a nosotros en igual medida, nos insinúa con sutileza que prácticamente no importan ciertas circunstancias, comparadas con lo que se representa; no importa si fue en los fantásticos días de los héroes y dioses griegos, o en un sitio y fecha indeterminados de Francia, lo que importa es lo que observaremos. El personaje clave, la Muerte, es introducido a su vez de manera clara y contundente, siempre al lado de Cégeste, algo que se mantendrá durante el filme completo, un detalle significativo, como si fuese su protectora, cuidadora… o ama, pues siempre se muestra dominadora, de todo y de todos, haciendo que el joven poeta la siga servilmente. Ella es la Muerte, ella es letal, es la mayor presencia sobrehumana, aparece y desaparece a placer, es fría, y hábilmente Cocteau nos la presenta en marcos visuales expresivos, entre sombras, entre contrastes de luz, vestida muchas veces también lúgubremente, mientras Cégeste, cual servidor, la sigue a todos lados, atravesando espejos gracias a ella. Ella traspasa los mundos con la facilidad con que se traspasa una puerta ordinaria, y el símbolo del espejo es ideal, el reflejo invertido del otro lado, una figura tantas veces y por tantos cineastas utilizada. Pero lo fascinante del filme es la humanización de los seres sobrenaturales, empezando por supuesto por la Muerte, una de las mayores entidades existenciales ha caído en las redes del amor, ama a un hombre, y eso es algo no exclusivo de ella, pues su fiel mayordomo, Heurtebise, su emisario, su nexo con Orfeo y Eurídice (siempre está con los esposos), también ha sucumbido ante la humana; aunque lógicamente, siendo humano él, la Muerte enamorada es la declaración más fuerte en este sentido. Es de ese modo que tenemos a una agrupación de cuatro seres humanos que deambulan de un mundo a otro, como surfeando entre ambas realidades, donde seres sobrehumanos se conmueven y extrañan de los sentimientos de los mortales, asistiendo a alucinante juicio donde los jueces poseen fuerzas que van mucho más allá de la imaginación, hasta la misma Muerte debe someterse a sus dictámenes. Es en esa humanización que radica una de las variaciones que hace Cocteau del mito, y es que no son ya la música, sus canciones, lo que hace que Orfeo descuide a Eurídice, sino es la Muerte enamorada, la Muerte que, embelesada por el poeta, le distrae para arrebatarle a  su amada.








Pero no queda allí el asunto. El hecho mismo de que la Muerte se encarne en un ser humano ya va siendo indicador, y luego se nos la presenta como la fatal y hermosa Princesa, que es su otro seudónimo. Cocteau, más exacto incluso que como un ser humano, nos la presenta como una mujer, la mujer es la Muerte, y se siente aquí un evidente vínculo con la cinta iniciadora de la trilogía. Inevitable será recordar la onírica imagen en La sangre de un poeta del hermafrodita que el Poeta descubre al observar por la rendija de una puerta, y el binario ser, tras presentarse como hombre, se presenta después como mujer, dejando ver la inscripción, a la altura del sexo de la fémina, que dice “Peligro de Muerte”. La mujer y la Muerte, nuevamente ahora se ven vinculadas en el universo de Cocteau, detalle a considerar, pues para prácticamente todos es conocida la homosexualidad del cineasta francés, e incluso, sin ir más lejos, Jean Marais, el actor que interpreta a Orfeo -con suficiencia y solvencia, por cierto-, era su amante en la vida real. Eso me parece un juicio permisible y hasta cierto punto razonable, pero no para llegar al extremo de ciertas aseveraciones y artículos donde se habla de una prístina y muy poderosa presencia de su homosexualidad, insinuando un no consumado romance entre Orfeo y Cégeste. Considero que Cocteau sí ha reflejado un poco de esa parte de su personalidad, pero no de manera evidente ni burda, sino más bien elegante y conectada a su obra, algo remarcable. Viniendo de una personalidad tan versátil como la de Cocteau, era de esperar asimismo encontrar más de una disciplina artística, con la presencia de la poesía en más de una manera, y siempre de forma vital. Los versos declamados constantemente en la radio son quizás la mayor expresión de ellos, con su ritmo casi hipnótico al conocerse Orfeo y la Muerte como prediciendo en ese viaje por carretera el mundo y los sucesos que se avecinan; y claro, las constantes emisiones radiales que hacen que Orfeo se ensimisme con ello, y pierda a su amada. La radio habla de espejos, el símbolo por antonomasia en el filme del paso de un mundo a otro, incluso el espejo se rompe en determinado momento mientras fluye esa seca poesía; el simbolismo en las imágenes de Cocteau, unas veces más evidente que otras, siempre está presente. Incluso en algunos de sus diálogos se desliza cierto lirismo, oscuro, pero lirismo al fin, como Heurtebise afirmando, que para conocer a la muerte, uno debe mirarse toda la vida al espejo, y se la verá trabajando. Poderosa y perfecta figura que refuerza todavía más el símbolo del espejo como entrada y salida, conexión de un universo a otro.













En el segundo ladrillo de su construcción artística, con Orfeo, prosigue Cocteau con lo esbozado en la anterior La sangre de un poeta, el poeta en búsqueda de algo, a veces de conocimiento, a veces de autoconocimiento; esa búsqueda proseguirá en esta cinta, aunque sin embargo sin darse cuenta el poeta creador se verá obsesionado, se verá persiguiendo a la mismísima Muerte, ambos configuran un sórdido romance, en una situación que roza lo fantasmagórico. Orfeo inicia su particular viaje urbano, su particular descenso al Hades, y el inicio de ese descenso se ilustra en el mencionado viaje por carretera que realiza junto con la Muerte, donde poderosos claroscuros nos van delineando la situación, a la vez que una voz casi hipnótica y casi poética suena por la radio, declamando versos cargados de un tono aciago y funesto, terminando de ilustrar el surreal y lúgubre momento. Sobre la realización en sí, Cocteau es un cineasta que se ha enorgullecido de las técnicas cinematográficas que empleaba para sus filmes, y si bien no son excelsas esas técnicas y tampoco se le puede considerar pionero o iniciador de ninguno de esos artilugios, logra buenos resultados con pocos recursos. Esto es, con sencillos retrocesos de cámara, superposición de imágenes y desvanecimiento de las mismas, y con algunos trucos de manipulación y manejo de espacios y del agua, consigue generar esa atmósfera, esa situación de mundo surreal, de onirismo, de traslaciones entre el mundo de los sueños y el mundo real. Con esos recursos, como se dijo, sencillos, logra el francés realizador una sutil y apreciable transición, sutiles viajes del universo onírico e irreal al mundo real, amalgama ambos mundos sencilla y tranquilamente, y ahí radica uno de sus aciertos en su filme. Casi veinte años después de la cinta que inicia el tríptico de Cocteau, y tras tres notables largometrajes, el francés materializa la segunda pieza de su obra, muchos de sus lineamientos previos siguen siendo plasmados, se nota y se advierte la cohesión entre ambas obras, los ecos, los sutiles, o quizás no tanto, nexos y halos del primer filme al segundo, que explora mucho más allá esas obsesiones, amor, muerte (María Casares está extraordinaria en el papel clave del filme, sin embargo sabido es que féminas inmortales de la talla de Greta Garbo o Marlene Dietrich estuvieron entre las posibles intérpretes; cualquiera de las dos hubiese realizado un trabajo inmortal con seguridad), la mujer, es sin duda un Cocteau bastante más maduro. Notable cinta de Cocteau, y si bien no elevaría al tan versátil Jean a la altura de maestro del cine, es una seductora muestra del apreciable arte que realizaba.