martes, 31 de julio de 2018

The Idol Dancer (1920) - D.W. Griffith


Uno de los más preclaros nombres de la historia del cine viene a ser David Wark Griffith, uno de los pioneros del cine, parte importante del desarrollo de este arte a lo largo de su evolución en la etapa clásica, antes y después del sonido, figura irrecusable del cine norteamericano en su mejor época. Para el momento de producir este filme, el gran Griffith ya había ingresado al Olimpo inmortal del cine gracias a sus referenciales cintas El nacimiento de una nación (1915) e Intolerancia (1916), míticas producciones que marcaron el devenir del cine a nivel mundial, y que le granjearon de sobra una sólida reputación a nivel internacional. Con esos fulgurantes pergaminos, el maestro yanqui adapta en esta oportunidad una novela de Gordon Ray Young, de temas relativamente polémicos para la época, apoyándose a su vez en Stanner E.V. Taylor para la elaboración del guión. Con esas bases, Griffith elabora su filme, en el que en una alejada isla en medio de los Mares del Sur, apartada de toda civilización, viven muchos nativos, isla a la que llega un alcohólico individuo, al igual que el sobrino de un fanático religioso; los jóvenes se verán atraídos por una hermosa jovencita, desatándose entonces una batalla, tanto sentimental, por los afectos de ella, como religiosa, cuando paganos y cristianos se vean enfrentados. Una película de Griffith, aliciente suficiente.

                 



En una isla, vemos a numerosos nativos, allí el Reverendo Franklyn Blythe (George MacQuarrie) los cuida, unos cristianos, otros paganos. Vive también ahí el viejo Thomas (Herbert Sutch), con su hija adoptiva Mary (Clarine Seymour), atractiva chica, casi una mujer. Ella encuentra en la playa a Dan McGuire (Richard Barthelmess), alcoholizado, lo lleva a su cabaña. Por su parte, Walter Kincaid (Creighton Hale), sobrino del reverendo, llega también a la isla, conoce a Dan, creyente y ateo se conocen, tienen diferencias, y con Mary pasan tiempo juntos. Luego, un ambicioso comerciante de la isla (Anders Randolf) se siente tentado por unas valiosas perlas, y también se fija en Mary. Mientras ella va por el bosque, ambos jóvenes la vigilan, Dan siente celos al verla con Kincaid, se emborracha, intenta acercarse a la fuerza a la chica, que lo rechaza, pero en el fondo le agrada. El reverendo, enterado, llama la atención a su sobrino, que cae muy enfermo, enfermedad de la que se recupera, con ayuda de Mary, y Dan, conmovido por lo sucedido, decide dejar la bebida. Mientras, la ambición del comerciante crece, chocará con el reverendo, que se atrinchera en su casa, hay un enfrentamiento, en el que Walter y los nativos paganos participan; el comerciante es finalmente derrotado. Dan, estando a punto de irse, se entera que Mary corresponde sus sentimientos, se quedan juntos.






Griffith es un apellido mítico en la historia y desarrollo de la historia del cine, fue influencia para muchos cineastas descomunales, no solo estadounidenses sino también europeos, algunos aceptando dicha influencia, otros negándola, pero lo cierto es que sus filmes llegaron para sentar muchas bases. Solo por mencionar rápidamente un ejemplo, su Intolerancia fue la que estableció aquella tradición de reunir relatos de distintas épocas y distintos personajes, con algunos hilos conductores comunes, pudiendo esto último variar, en la intensidad de dicho vínculo común; así vieron la luz La muerte cansada (1921), también llamada Las tres luces, del gran Fritz Lang, o Páginas del libro de Satán (1920), del maestro danés Dreyer. Y continuando en ese sentido de influencias, pero abordando ya el filme que nos ocupa ahora, observaremos que Fritz Lang por su lado, con sus dos partes de Las arañas (1919) -originalmente el proyecto incluía 4 películas-, incluso con su Harakiri (1919), y ahora Griffith también, evidencian que al parecer el tema de los parajes exóticos bullía al finalizar la primera década del siglo, y milenio, pasados, esas alejadas áreas con sus correspondientes exóticos habitantes eran algo que atraía a los cineastas en los años en que el cine empezaba a tomar forma. Sí, el exotismo parece haber seducido a los cineastas entonces, un ambiente indómito, salvaje, rodeado de dominios de la naturaleza, sin civilización, es el escenario donde todas las peripecias van a ocurrir, donde los intensos choques van a suceder, donde un reverendo peleará contra nativos, estallará la violencia, de la mano con la ambición; una inevitable situación en la que empero fluye una unión, lo más parecido a un matrimonio en medio de los dominios no civilizados, entre indígenas. Poniendo en contexto el filme, Griffith venía ya con su copiosa producción de cortometrajes, centenares de trabajos a cuestas, además de los mencionados largometrajes El nacimiento de una nación e Intolerancia; su legado cinematográfico era ya imperecedero, pero el genio todavía tenía mucho más que ofrecer: este mismo año, 1920, Las dos tormentas vería la luz. Así, apreciaremos elementos que hacen a esta cinta reconocible, palmaria obra de su autor, primero ligeros y superficiales tintes del cine de siempre de Griffith fluirán, los sempiternos actores blancos embetunados, maquillados de negro o de color bronceado, para encarnar a los nativos, además del apodo con que se bautiza a Mary, blanca flor de Almendra, la única chica blanca en medio del grupo de indígenas.






Pero, más importante, también habrá detalles técnicos que son reconocibles, como ciertos enfoques a la hora de cambiar de una secuencia a otra, el siempre presente enfoque circular de algunas imágenes, y por supuesto, el indeleble logotipo de su nombre, su marca, DG en cada leyenda. Asimismo, otra de sus constantes fílmicas se podrá ver, el enfrentamiento de grupos antagonistas, de grupos que tienen marcadas oposiciones de diversa índole, política, racial, religiosa, norte versus sur, ateos versus cristianos, la dualidad es una constante en la que el cine de Griffith se desarrolla, y esta cinta no será una excepción. Un guiño innegablemente Griffith, es ver a los niños, uno blanco, el otro indio, uno vestido, con pantalones y camisa, el otro con un taparrabos, símil figura a los felinos de El nacimiento de una Nación, uno blanco y el otro negro; los simbolismos, las obvias alegorías del cineasta se observan con el símbolo de los pantalones, primero motivo de disputa entre los niños, finalmente símbolo de la unión, de que el enfrentamiento ha terminado, de que paganos y cristianos tienen una tregua, retratada en el niño indio que viste esos pantalones. Como buen occidental, en la visión de Griffith, finalmente la civilización se impone. En cuanto a las imágenes y secuencias que componen al filme, hay algunos planos, algunas imágenes, que aprovechan el espacio natural donde se ruedan algunas secuencias, imágenes repletas de vegetación y del mar, juntos en algunos fotogramas, como una bella y nostálgica postal de la época, son imágenes no abundantes, pero presentes en la cinta. Eran entonces los albores del lenguaje cinematográfico occidental, era natural y lógico que no brille aún la cinta en algunos aspectos del virtuosismo técnico, los trucos y recursos mismos con la cámara en buena medida aún no se inventaban, una cámara estática es lo que prevalece, algo coherente a la época. El maestro, sin embargo, saca rédito a todos los recursos de los que ya dispone, nadie como él para elevar al embrionario cine de entonces a las más altas cotas artísticas, así es como el montaje, los planos, los encuadres, la composición de esos encuadres, y todos los demás recursos ya existentes, ya al alcance de un cineasta entonces, son llevados a un punto cúlmine por este gran dómine del cine. Notaremos esto cuando Griffith emplea ejemplarmente los primeros planos, gran herramienta, gran recurso para adentrarnos en sus personajes, en sus tribulaciones internas, un recurso positivo que vemos aplicado, si bien también en Walter, mayormente en Dan, esos primeros planos entonces alcanzan su mayor expresión. Esos primeros planos nos aproximan un poco a su infierno interior, con ese gran acercamiento a su rostro que más de una vez veremos, y, apoyados en el silencio de la época cinematográfica, se deja todo lo demás afuera, solo vemos el introvertido rostro del protagonista. Así, con la imagen de su rostro, sus gesticulaciones, su histrionismo es todo lo que tenemos para adivinar su oscuro pasado, para adivinar qué es lo que lo ha sumido en la bebida, escapa de algo, él esconde algo, su pasado lo persigue, no lo abandona, lo ha obligado a convertirse en un vagabundo, que busca en las playas alguna buhonería, refugiándose en el alcohol. Su tormento anterior no se nos es detallado, solo podemos intuirlo, e imaginar que se muestra retraído por eso probablemente, y esos citados planos son los que nos sirven de vehículo para intentar entender más al personaje.






Ese recurso es llevado más allá, cuando por momentos el fondo de los primeros planos de Dan es deformado, ese poderoso momento epifánico en que decide dejar la bebida es buena muestra de ello, con los primeros planos se nos introduce en el sentir del personaje, y su ambiente, literalmente retorcido; es un momento en que la intensa tesitura existencial lo mueve a cambiar su rumbo, y el recurso técnico se conjuga muy bien con el momento. Incluso, gracias al mencionado montaje tenemos planos diferentes de los actores, la pareja, Dan y Mary, Clarine Seymour y Richard Barthelmess, un plano de un personaje concatenado tras otro de su pareja, haciendo un paralelo de sus sentimientos, y de su enamoramiento. El centro de todo en buena medida viene a ser Mary, ella es el idol dancer, la bailarina idolatrada, ella engatusa con su baile, pleno de sensualidad, de deseo y despertar carnal, primero encandila a su propio padre adoptivo, el viejo Thomas, y luego a los jóvenes protagonistas, Dan y Walter se verán embelesados por la muchacha y sus rítmicos movimientos (aunque ciertamente no hay personaje masculino que se quede indiferente a ella y sus encantos, mitad inocencia, mitad lujuria); particularmente al correcto y retraído Kincaid vemos encandilado, pero es a Dan a quien sin duda más efecto le hace el hechizo de la provocativa muchacha. Ahora bien, se mencionó a la cámara, y su estático desarrollo, sin embargo es notable que, por ella, por el ídolo que danza, la cámara, casi siempre estática, finalmente esboza unos movimientos, sutiles deslizamientos, en los momentos en que el propio lenguaje cinematográfico se definía, en que la cámara iniciaba su gradual proceso de liberación, vemos a la cámara de Griffith coqueteando con la atractiva bailarina. Una joven fémina desencadena todo, mezcla de libídine y juventud, en medio de un terreno no civilizado, aislado, donde paganos y cristianos conviven y se enfrentan, donde todo explotará en ese final enfrentamiento, el clímax del choque. Esta figura, la de una muchachita que despierta a la femineidad plena, a la sexualidad, volviendo locos a los hombres en medio de una desolada locación, es una figura que posteriormente veremos repetidas en diversas cintas, de distintos directores. Pero la sexualidad está presente no solo en Mary, en la civilización, sino también en lo salvaje, en la figura de Pansy, la indígena que no se cansa de menearse, que también es presa de la sexualidad, ella también es esclava de su libido, pero a su manera, la lascivia de lo indómito; y es que nadie está libre de ese deseo sexual, ella misma, Mary, también es presa de esa sexualidad, sin notarlo es también esclava de esos impulsos carnales, de sus deseos, de su cuerpo. Celos, deseo, sexualidad, muy humanos e intensos sentimientos, los civilizados enfrentados a los no civilizados, ciertamente temáticas que en más de una película del maestro norteamericano podemos advertir. Es un sólido relato, una puesta en escena que denotaba que era Griffith ya un maestro consumado, formado, curtido, rodado, una figura central en el ámbito, es un rodaje ya de genio, sin fisuras, y muchos de sus nortes se encuentran ya aquí contenidos, las razas, los choques de grupos antípodas, un final trágico asimismo, el ya muy experimentado maestro nos entrega una gran cinta; pero, como sucede con muchos genios del séptimo arte, muchas veces una buena película palidece al costado de obras maestras de la magnitud de los más brillantes largometrajes de este titán. Así, tenemos un filme serio, pero que no llega a estar a la altura de sus cúspides, es lo que tiene ser un genio con tantas joyas inmortales en su haber. Aunque opacada por otros trabajos del titán yanqui, no desentona el filme, es un gran largometraje, necesario, pues es un ladrillo más en ese gran edificio que viene a ser la extraordinaria filmografía de este director referencial.






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