martes, 22 de marzo de 2016

La venus de las pieles (2013) - Roman Polanski

Último largometraje hasta la fecha que ha producido el otrora tan notable y apreciable polaco Roman Polanski, una cinta que continúa ciñéndose a las directrices que viene mostrando en sus últimos trabajos. En esta oportunidad Polanski adapta una obra que tiene múltiples orígenes, teniendo su primigenia raíz en la novela del austriaco Leopold von Sacher-Masoch, sórdida obra compuesta en varios apartados que daría el nombre a la corriente del masoquismo. Posteriormente, David Ives tomaría uno de esos apartados para adaptar la novela a una obra teatral, y finalmente este yanqui trabajaría con Polanski mismo para elaborar el guión de la cinta. Cine minimalista, como más de un ejercicio del polaco durante toda su carrera, nos narra la cinta la historia sencilla, el breve episodio de un director teatral, que realiza audiciones para un nuevo rol femenino, obteniendo únicamente decepciones de las aspirantes al papel. Hasta que aparece una singular fémina, decidida y determinada a obtener el rol, pero en ese camino director y actriz estarán en medio de peculiar situación, cuando el papel a interpretar rebase la mera ficción y ambos artistas de pronto sin darse cuenta lleven la obra al plano de la vida real. Nueva suerte de estudio psicológico por parte de Polanski, y nueva adaptación de una pieza teatral, como la inmediatamente anterior Un dios salvaje (2011), configurando un filme decente, discreto pero decente en lo que ya se presiente como la recta final de la carrera de este gran cineasta.

                 


Una música algo incierta, algo oscura nos traslada hasta el interior de un teatro, en una noche donde vemos al director Thomas (Mathieu Amalric), que pasa mal rato al no conseguir la actriz que necesita para interpretar el papel de Vanda en su nueva obra. Llega tarde una actriz que tiene ese mismo nombre (Emmanuelle Seigner), vestida muy acorde al sadomasoquista papel que desea interpretar. Reacio al comienzo, Thomas accede al ímpetu de Vanda, ella realiza la audición, y queda impactado al ver la fuerza y naturalidad de Vanda para interpretar el rol. Las líneas del papel representado van avanzando, así como la admiración de Thomas por su nueva aspirante, hasta el nivel de que le rinde pleitesía, no solo artísticamente. Al igual que el personaje masculino de la obra literaria, el director se somete por completo a la voluntad de Vanda, si bien en la pieza de teatro ese sometimiento se extiende durante un año. Diversas situaciones se van sucediendo, comparte el director algunos eventos de su vida personal, siempre con ella al mando y control de lo que acontece, inclusive manejando la mujer la iluminación del recinto teatral, sin poder controlar Thomas el cambio de roles que se va dando en la realidad. Conforme el director asume su rol de esclavo, ella lo domina más y más, lo traviste en Vanda, y finalmente lo abandona solo y amarrado en el interior del teatro.







La bizarría de la cinta se advierte desde el comienzo, con ese acompañamiento musical que tiene tintes de oscuridad, de estrambóticas atmósferas, acorde a la naturaleza y tema del filme, mientras con un travelling avanzan la lente y el espectador en la umbrosa noche por la calle, entra en el también lóbrego teatro, nos va preparando para el espectáculo a presenciar. La música será más bien exigua durante el filme, aparecerá a cuentagotas, pero aparecerá para generar ciertos ambientes, principalmente en momentos como los sucesivos acercamientos entre director y dirigida. Estéticamente habrán agradables sorpresas, atractivos momentos: al apreciarse más de un cuadro, más de una pintura, especialmente al final de la cinta con muchos cuadros históricos de pintores de la talla de Botticelli, entre otros, representando célebres féminas, reales y mitológicas. Hay secuencias -pocas, pero las hay- en las que en efecto se advierte un dominio cromático, un poderoso juego de luces y sombras que casi pareciese haber extraído de la pintura esos principios, ese juego de colores y contrastes, que definitivamente enaltece dichas secuencias, y enriquece la estética del filme. Así observaremos a la dominadora y desenfrenada Vanda casi surgiendo de la nada, de la oscuridad, avanzando hacia la luz y desplegando el colorido de algún traje en el teatro, en un agradable recurso dentro de la austeridad y economía de recursos del filme. Buena atmósfera para el ambiente a generar, el ambiente donde la línea de realidad y ficción se romperá, y donde interactuarán esos dos únicos protagonistas.









Nunca salimos de ese binomio de actores, en ese sentido, es la cinta de Polanski más minimalista, la de menores recursos necesarios para su realización, pues si bien de sobra es conocida para el conocedor de la obra polanskiana esa inclinación minimalista, a hacer cine con mínimos recursos, es esta la oportunidad en que esa proclividad suya llega a su punto clímax. Así, vimos esa característica suya en El cuchillo en el agua (1962), prosiguiendo en Repulsión (1965) Callejón sin salida (1966), sus filmes iniciales, donde dos o tres personajes, incluso un solo personaje en el caso de Repulsión, es el responsable de toda la acción, es el receptáculo y a la vez motor de los principales eventos. A su vez, en los citados filmes los espacios donde se desencadena todo son mínimos, mínimos y reducidos escenarios, y todo esto alimenta poderosamente ese estilo minimalista que siempre tuvo el cine de Polanski. Luego, por tres décadas se aleja de esos lineamientos, para volver tibiamente a ellos en la apreciable La muerte y la doncella (1994); nuevamente abandonaría esos nortes hasta la cinta al comienzo citada, Un dios salvaje, y encadena el polaco, décadas después, dos cintas de este misma naturaleza. Pero, como se dijo, la presente cinta lleva esas dos directrices al máximo punto, cuando el dúo de interpretes sean los únicos elementos humanos que veamos, y cuando el reducido recinto teatral sea el único escenario visto durante los noventa minutos de metraje. Polanski maximiza algunos de sus más importantes nortes, regresa a sus inicios ciertamente, a la vez que continúa refugiándose en el teatro (Un dios salvaje es asimismo una pieza teatral también).






En ese sentido, el cineasta al realizar la adaptación del teatro al cine, dos artes tan cercanas, renuncia a los artificios más vistosos del séptimo arte, la austeridad de recursos se refleja también en ese plano. Empero, obviamente una adaptación así aúna las virtudes del teatro y el cine, con las maravillas que se pueden hacer en el montaje y un buen trabajo de planos (algo que Polanski ciertamente consigue), y veremos unos encuadres expresivos, empoderando por momentos a la fémina por su ubicación en las tomas; ligeros contrapicados, planos, contra planos y otros encuadres dan fe de esto. Resulta curioso que Polanski, sin ser un hombre de teatro, y en lo que se prevé como la etapa de clausura de su filmografía, realice este tipo de ejercicio, y que lo haga con calidad. Sigue a su vez apoyándose Polanski en su mujer, su esposa Emmanuelle Seigner, quien francamente quizás pueda tener algunos años de más para este filme; conserva aún mucha de su solvencia, y sus antecedentes en los sórdidos filmes de esposo (Frenético 1988, obviamente la recordada Lunas de hiel 1992, y lamentable La novena puerta 1999) fueron los principales pergaminos para catorce años después estelarizar nuevamente una cinta del polaco. Lo dicho, la Seigner conserva muchas de sus virtudes, pero ha perdido frescura con los años, y si bien su actuación no desentona ni decepciona, puede que una actriz más joven hubiese podido realizar igual o mejor trabajo. Completa Mathieu Amalric el reducido elenco actoral, y se lo siente cumplidor en su bifaz y casi siempre sometido papel.








Se presiente casi ese personaje, el director teatral, como una extensión del propio cineasta, de Roman, que probablemente sintió afinidades entre su propia persona y el extravagante director teatral que se somete completamente a la voluntad de la fogosa fémina que dirige en su obra. El sadomasoquismo de la novela literaria se va retratando desde la provocadora y atrevida indumentaria de ella, quedando en determinado momento en prendas menores, y convirtiéndose en la dominadora de todo. En ese sentido, el juego psicológico queda plasmado, la obra de von Sacher-Masoch, naturalmente, está plagada de sordidez -no en vano por esa novela el sadomasoquismo lleva el nombre del autor-, de temas oscuros y bizarros, eso se traslada al filme, el director cuenta una experiencia traumática con una tía suya azotándolo, y el gusto que adquirió a ello. El juego psicológico es severo, el intercambio de roles es absoluto, iniciando con ella manejando las luces del teatro, luego la ficción rebasa su ámbito y se traslada a la realidad: ella asume el papel de psiquiatra y él se coloca en el diván, las figuras y la teatralidad desplegadas refuerzan poderosamente ese tenso ambiente psicológico. Poco a poco sus roles se van intercambiando y eso se refuerza también por el correcto trabajo de cámara mencionado, se va sabiendo quién manda y quién obedece.  Si en Un dios salvaje ya se había esbozado un cierto estudio psicológico con los padres de familia perdiendo el control, con el presente filme en efecto se alcanzan nuevas cotas. La cinta es agradable, puede engañar su aparente discreción, pero tiene potencia por momentos, agrada la idea del teatro desde el cine, el juego entre ambas artes que hace el cineasta. Con todo, se siente como una cinta ya en la vejez del director, la psicología cobra relevancia y fuerza, los demás aspectos de su cine parecen ya ir decreciendo desde hace lustros. No habiendo aún un próximo proyecto confirmado de Polanski, es ésta su última producción disponible, apreciable, agradable, quizás no lo mejor de su creador, pero disfrutable.





lunes, 29 de febrero de 2016

Maradona de Kusturica (2008) - Emir Kusturica

Segundo documental que rueda el bosnio Emir Kusturica, tras Super 8 Stories, realizado en el 2001, y en el que el cineasta rindiera tributo a la banda que él mismo lidera y lleva por todo el mundo esparciendo su música de raíces gitanas. Para esta oportunidad, y como evidencia el título del trabajo, el director homenajeará a uno de sus mayores ídolos, siendo conocida su ferviente pasión por el fútbol: Diego Armando Maradona. Kusturica ya había producido anteriormente la hermosa La vida es un milagro (2004), la muy irregular e incomprensible Prométeme (2007), y un año inmediatamente después de esta última cinta citada, produce el director este documental, en el que se regodea compartiendo momentos, documentando la vida de uno de los mayores astros del balompié. Goza Emir plasmando las impresiones y recuerdos del “Pelusa”, su inicio desde los más humildes momentos de su niñez, su ascenso y paso por diversos clubes de fútbol, el Boca Juniors argentino, el Nápoles italiano, Barcelona español, y por supuesto, sus históricos e imperecederos goles históricos a Inglaterra con la camiseta nacional de Argentina. Asimismo recopilará comentarios del astro futbolístico, recogiendo pareceres y lamentos, su incursión en televisión, por supuesto el escándalo de la drogadicción, entre otras cosas. Conteniendo el estilo documental con que el bosnio ya había asomado en el previo documental líneas arriba citado, es un agradable bosquejo el que construye el balcánico de uno de los mayores íconos de la cultura moderna.

               


Curiosamente, ese comentado estilo en documental queda plasmado cuando desde el comienzo veamos a la banda del bosnio en concierto, y a Kusturica presentado como el Maradona del cine, y más de algún segmento se sentirá asimismo impregnado de similar atmósfera a ese debut documental, la parafernalia desplegada al documentar es bastante similar, algo por cierto muy natural. En ese sentido, algo de su particular estilo irreverente, de ese singular humor suyo se manifiesta, y quizás estuvieron un poco de más ciertas animaciones, caricaturescas representaciones a modo de mofa a la realeza británica, al entonces gobernante yanqui Bush, entre otras personalidades; es un elemento que otorga cierto aire bufonesco al documental, pero es algo que conociendo el estilo de Kusturica y lo proclive que es a los excesos, además de su particular humor, y lógicamente la obvia naturaleza y directriz del presente trabajo, se aprecia más bien como algo moderado. Observaremos una atractiva retrospectiva a toda la vida del conocido “Pelusa”, obviamente una antología de sus mejores proezas en el campo de fútbol, la ineludible temática de la adicción a las drogas, y también su incursión televisiva en el programa “La noche del diez”. Las imágenes de archivo en blanco y negro van documentando los inicios de Maradona, cuando era un niño pequeño ya dándole toques al balón, mostrando su habilidad y vaticinando sus futuras glorias.







Veremos sus inicios en Fiorito, por supuesto una compilación visual de sus más brillantes goles en Argentina, Italia, España, y numerosas repeticiones de cuando tocó el cielo con las manos en el Mundial de México 86, los indelebles goles a Inglaterra, la mano de Dios y desde luego el gol del Siglo, repetido en tantas ocasiones como un gol de ese calibre merece. Se documenta asimismo, al ser rodado el documental en 2005, el momento en que Maradona vuelve a Nápoles, y evidentemente la pasión que genera es desbordante, una ciudad, un club de fútbol, donde es una leyenda viviente. Se desplaza también Maradona hasta Belgrado, el estadio del club Estrella Roja, club de la extinta Yugoslavia, histórico campeón de la Liga de Campeones, un estadio donde Diego jugó algún partido, y recrea memorables goles ahí. Kusturica, tan admirador del fútbol como todos sus seguidores sabemos, tiene el honor de intercambiar toques y cabezazos al balón con el mismísimo Diego Armando Maradona, todo un disfrute y placer para el gigante cineasta balcánico. Kusturica incluso comenta que Maradona habló con su enferma madre, mujer que murió al día siguiente; Maradona fue su último amigo en hablar con ella, dice el bosnio. Emir a su vez va a Buenos Aires, visita bares y burdeles, y registra a su vez los excesos de los argentinos con la iglesia de Maradona, donde incluso observaremos a una pareja contrayendo nupcias, mientras juran lealtad eterna a los lineamientos de esa, si se puede llamar, iglesia y religión; vemos el extremo hasta el cual se adora, se idolatra y deifica “el Diego” en su tierra, una adoración que parece no conocer límites.







En efecto es el Pelusa más que una celebridad, cambiando Kusturica su usual posición, siendo él mismo toda una personalidad en su mundo, el mundo del cine, frente a Maradona queda como un paparazzi más. Y es que pese al buen rollo entre ambos, eso no evita que veamos una secuencia de Emir esperando al astro afuera de su casa, y obteniendo un desaire, pues Diego simplemente no se encuentra de humor. Empero, se nota que el autor del filme siente genuina admiración por el sujeto que es objeto del documental; Kusturica, viniendo de una tierra violenta e históricamente muy turbulenta política y militarmente, pareciese encontrar cierta afinidad en el espíritu revolucionario del Pelusa, y se vence el tremendo escollo de la diferencio idiomática con una traductora leal del bosnio. Mientras Maradona habla del conflicto de las Malvinas entre su nación e Inglaterra, Kusturica interrumpe la narración visual para insertar imágenes bélicas, probablemente para reforzar esas palabras del ex futbolista. Todos los personajes diversos de su entorno aparecen, Evo Morales, Hugo Chávez, Fidel Castro, y claro Diego desde el comienzo, aseverando que George Bush es una basura, lamentándose del tiempo perdido con sus hijas debido a la droga, de todo lo que perdió por su adicción a la cocaína. Y eso es algo positivo para el filme, al haber empatía, al conversar directamente con la ex estrella mundial, se genera una cercanía que beneficia el documental, al hablar Maradona de su dolor, de su drama, de su historia. No deja de llamar la atención que el último largometraje en casi una década de Kusturica, y es que, pese a ser éste un documental aceptable y digerible, Prométeme fue un extraño desvarío del balcánico, y es ese su último filme hasta el momento. Manu Chao cierra la cinta cantando La vida es una tómbola al ex astro del fútbol, se cierra un trabajo decente, pero se sigue extrañado lo prolífico y genial que Kusturica ha sabido ser en lustros pasados.







jueves, 25 de febrero de 2016

Prométeme (2007) - Emir Kusturica

Tras haber realizado Emir Kusturica La vida es un milagro (2004), verían la luz dos ejercicios de menor metraje, un segmento de cine y un episodio televisivo, antes que tres años después se realizara el trabajo ahora comentado. Si bien la cinta mantiene muchas de las constantes en el cine del bosnio, fue una de las que mayores críticas le granjearon al director, y es que ciertamente, aunque no sea agradable reconocerlo para quien escribe, se trata de uno de los trabajos de menor factura del aclamado director de Underground. Por vez primera, hablando siempre desde mi propia perspectiva por supuesto, se observa a un Kusturica cuyo cine, lo que representa, se ve desbordado por el modo, el estilo en que plasma aquello; es esta última aseveración algo que líneas más adelante se detallará. El filme nos representa la historia de un niño, en la Bosnia contemporánea, que vive en un muy alejado pueblo, cuyos únicos habitantes son él mismo, su abuelo y la maestra de la escuela local. Al cerrar la escuela por escasez de alumnos, y al convencerse el abuelo de que está próximo a morir, le hace prometer al nieto que irá a la ciudad, venderá su preciada vaca, y conseguirá, entre otras cosas, un ícono religioso y una esposa. La historia es esa, sencilla, similar en ciertos aspectos a trabajos previos del director, pero, otra vez, algo cambia en el cine del balcánico que convierte a esta película en probablemente la más floja de su filmografía.

             


Desde el comienzo, como siempre en su cine, apreciaremos mucho de lo que veremos en toda la cinta, lo estrambótico se presenta prontamente, con el singular modo tanto de despertar como de  desayunar de Tsane (Uros Milovanovic). El tema tratado, un joven cuya vida experimentará radical cambio, tampoco es extraño -Tiempo de gitanos (1988) ejecutó con impecables resultados artísticos similar fórmula-, pero ese contraste existencial, ese cambio de vida ya no serán representados con excelsos maestría y dominio. Si en Sueño de Arizona (1992) la razón de cierta distancia a lo usual, y de ciertas flaquezas en la cinta parecían poder adjudicársele al cambio de país y producción en Kusturica, ahora esa razón ya no está tan clara, o en todo caso parece que no es otra que un cineasta que parece haber perdido la inspiración, ese toque de magia que convierte a una obra de arte en algo más, algo muy lleno de humanidad, de realidad; esa aparente pérdida de inspiración a su vez pareciese presagiar el notable bajón en su productividad, casi explica que sea su último largometraje en ya casi una década. Y es que, como se dijo, muchos, o todos sus lineamientos se encuentran en la cinta -su mordacidad, su humor, todos atenuados-, pero se siente una falta de fuerza entre ellos, una falta de cohesión que en cintas previas hacían tan compactas sus propuestas audiovisuales y artísticas. Esa ausencia de amalgama hace que la cinta se tambalee tanto, que se siente el filme como un desfile de enajenación, de disparates -usuales en el bosnio-, pero todos descoordinados, un desorden y endeblez totales, atípicos en Emir.







En la cinta de Kusturica, desde los instantes iniciales se advierte que sus retratos ya no tienen la misma fuerza que otras veces, la fuerza y potencia de sus personajes y situaciones ha disminuido: la forma, exagerada con desmesura, supera y opaca el fondo, lo que se retrata en sí. Ahora bien, en un cineasta del calibre y singulares orientaciones del bosnio, no es nada inusual que la forma, casi siempre estrambótica, ruidosa, sórdida incluso, llegue a opacar al relato, a “enmascarar” (como él mismo ha llegado a decir) el fondo con tanto colorido y enajenación que casi siempre lo rebase, en mayor o menor medida, según el paladar que deguste el filme. En esta ocasión, todo ello se sigue cumpliendo, básicamente es una cinta con más de los mismo de siempre del bosnio, sin embargo lo estrambótico y la enajenación llegan a niveles que en efecto acusan esa exageración que con tanto gusto pareciesen atizarle sus detractores; la fuerza con que retrataba a su gente, a sus gitanos, ya no fulgura con tanta y determinada asertividad (y cómo se extrañan esa forma de graficarlos). Ahora, al retratarse mucho de la cinta en la ciudad, al alejarse de su usual hábitat natural, el campo y esos gitanos que tanto quiere -y cuyos dibujos humanos tan efectivos en su momento fueron-, el cine de Kusturica parece naufragar, parece perder ese vínculo que con tanta naturalidad y fuerza inundaba la pantalla en otras ocasiones. En la ciudad, y sin su gente, el estilo de Kusturica se ahoga, no hay cohesión entre su usual extravagancia y esas citadinas vestimentas, entretenimientos en karaokes; pierden la fuerza sus personajes, se nota una falta de raigambre al retratarlos, y su cine termina volviéndose inocuo, débil, postizo.








Una fotografía efectivamente más luminosa asimismo colabora a que la estética final de la cinta se funda con la atmósfera general del la misma, que se siente más liviana, más superficial, más endeble y con menos fuerza que ocasiones anteriores del director. E inclusive la música, elemento tan clave en otros trabajos del balcánico, pareciese colaborar con ese producto final mencionado; con sus notas cercanas al rock y pop contemporáneo, muy ajenos a sonidos de filmes suyos previos, genera un ambiente demasiado liviano, que, sumado a la endeblez generalizada de la cinta, termina de configurar un universo sin un alma, sin una genuina realidad detrás de ellos, como siempre sucedió en sus mejores filmes. Esto lamentablemente incluso alcanza a su acostumbrado e infaltable toque surreal, ese surrealismo juguetón pero impactante en otras oportunidades ahora es risible de mala manera cuando veamos a un individuo volando por los cielos durante casi toda la película, u otro siendo baleado, pero sin por ello interrumpir el coito. O, mucho peor aún, cuando veamos a un voluminoso sujeto ser inflado como un globo para luego surcar el aire al desinflarse (…). El cine de Kusturica, siempre proclive a los excesos, a lo absurdo e irreal -pero de algún modo todos concertados y, aunque suene antagónico, con un norte bien definido-, nunca había llegado a estos extremos. Asoma con fuerza esa acusada exageración, esa hiperbólica caricaturización que ya no genera tanto asombro como diversión, sino más bien extrañeza al presenciar semejantes ejercicios que más se acercan a una caricatura, a un producto infantil. Sus ansias de excentricidad parecen haberlo rebasado, y algún momento de incredulidad generarán ciertas escenas. Nadie es perfecto.







Elementos y tintes políticos nunca pueden ausentarse en el cine de Kusturica, y nuevamente apreciaremos tibios guiños a viejos conocidos del bosnio. A su muy particular estilo, se rinde una suerte de homenaje a Rusia, el orgulloso himno soviético suena, en risible situación, con el joven Tsane observando lúbricamente a la maestra Bosa (Ljiljana Blagojevic, la hermosa y entonces joven Dolly Bell en la ópera prima del director) bañarse a través de unos catalejos. Asimismo hay un guiño a la cultura yanqui, con imágenes de Taxi Driver siendo presenciadas, y el mafioso Bajo (Predrag Manojlovic) queriendo construir unas torres gemelas balcánicas; o su afición al fútbol con alguna broma a Ronaldinho, tampoco se ausentarán: sin duda se trata de una película de Kusturica, pero es la menos Kusturica de sus películas. Recupera a Manojlovic, usual actor suyo, y es su interpretación, plagada de exageraciones y excesos histriónicos, la que más se presta a las críticas, una fuente de donde beben los detractores. Aleksandar Bercek aporta mayor equilibrio encarnando al hiperactivo y falso agonizante abuelo, mientras Marija Petronijevic cumple también como la bella Jasna, la epifánica fémina de Tsane. Pese a incluso “recopilar” elementos de filmes previos -el pavo de Tiempo de gitanos, alguna melodía de la misma cinta, acostumbrados ecos en sus filmes-, este trabajo finalmente no puede evitar ser un paso un falso, un descalabro, como con cierta crueldad se la ha calificado; si bien no  considero un fracaso este filme, definitivamente es su cinta menos lograda, con todos sus artilugios y nortes presentes, pero todos surtiendo menos efecto que nunca. Termina Kusturica su película con otro elemento muy suyo, la boda, una boda por partida doble que se ve con el mismo triste resultado que todo lo demás, insípido y casi pueril, como el modo en que se presenta el final feliz, como si nada pasara, como pasa la cinta misma. Sí, es un paso en falso de Kusturica, pero un paso en falso perdonable para un cineasta que de sobra se ha ganado ser la prominente personalidad en el mundo cinematográfico contemporáneo mundial que es.