domingo, 19 de junio de 2016

Tess en el país de las tempestades (1922) - John S. Robertson

John S. Robertson fue un actor y director que gozó de buena reputación en las primeras décadas del siglo XX del milenio pasado, cuando por entonces el cine mudo era todo lo que se conocía en el arte cinematográfico. El cineasta de origen canadiense rodó una buena cantidad de ejercicios fílmicos, trabajó durante la transición del cine mudo al cine sonoro, y dirigió a algunas luminarias artísticas de entonces. Es el caso del presente filme, en el que adapta la creación literaria de  Grace Miller White, y para la que cuenta en su reparto actoral como primera baza a la mítica Mary Pickford, que formó parte de los fundadores de la United Artists. La historia retratada nos presenta las vivencias de una acomodada familia en territorio norteamericano, cuyo patriarca construye su casa en la cima de una gran montaña, y que vive renegando por los ocupantes ilegales que se han asentado a las faldas de la misma, procurando constantemente deshacerse de esa gente para él indeseable. Las cosas se complicarán cuando una de las ocupantes, hermosa y apasionada jovencita, se involucre sentimentalmente con su hijo mayor, e incluso cuide del primogénito de la hermana de éste, nieto suyo. La cinta es una buena muestra del cine que entonces se hacía en suelo norteamericano, un cine decente y sobrio, además de contar en su elenco con la gran estrella femenina de entonces, la imprescindible Mary Pickford.

                  


Al iniciar la película, tras unos versos bíblicos sobre respetar a los vecinos, vemos a Elias Graves (David Torrence), almorzando junto a sus hijos Frederick (Lloyd Hughes), y Teola (Gloria Hope), además del joven Daniel 'Dan' Jordan (Robert Russell), pretendiente de ella. Elias vive molesto por los ocupantes ilegales que viven a los pies de la colina donde reside su familia; Dan, por complacerlo, intenta deshacerse de ellos, junto a Frederick, y conocen a Tessibel 'Tess' Skinner (Pickford), pequeña y recia jovencita, que los expulsa de “sus” tierras. Elias, dueño del terreno, exige se incauten todas las redes de pescar, y así expulse de hambre a los invasores; mientras se realiza aquello, Teola presiona a Dan para que se casen. Cuando Dan da aprobación para la boda, es asesinado por Ben Letts (Jean Hersholt), invasor que le dispara e inculpa a Orn Skinner (Forrest Robinson), padre de Tess. En el pueblo la noticia se esparce, el señor Skinner es encarcelado, llevado a juicio sin que haya mucha esperanza de que salga libre, Tess sufre, mientras Frederick, que la ha conocido, se siente atraído hacia ella. La atracción es correspondida, y él le promete buscarla al acabar sus estudios. Letts, ante la ausencia del padre, intenta casarse con Tess, e incluso violarla, pero es detenido, mientras Teola, muy afectada, da a luz al hijo de Dan. Tess deberá cuidar al pobre bebé, y esconder sus sentimientos por Frederick, pero con un final feliz.








Para iniciar la cinta vemos una dedicatoria personal de la mismísima Mary Pickford, en la que, entre otras cosas, nos informa a nosotros, su público, que Tess fue su personaje interpretado predilecto de entre todos los que le tocó encarnar, y al finalizar la cinta no es difícil imaginar el porqué. El personaje central de la cinta es de inmediato delineado, cuando apreciemos apenas una pizca de su personalidad, elocuentemente nos es presentada cuando la veamos trenzarse a golpes con el pobre Dan, llevarlo al suelo y llenarlo de golpes y puntapiés. Imposible no sorprenderse al ver a una menuda fémina, de endeble aspecto, golpeando a un hombre que le lleva mucha estatura (divertido será apreciar cómo el noble cánido que la salvó de un ultraje seguro, enorme gran danés, al pararse en dos patas la rebase en tamaño), actitud que repetirá muchas veces durante la cinta; pero queda retratado que en su primera acción que veamos, no vacile y casi disfrute de actividad física tan singular, sobre todo para una chica de sus características, pues no es Dan el único que prueba su fogosidad en esa primera secuencia. Así es que vemos a la gran Mary Pickford en su interpretación, en la cual hasta su modo de caminar modifica, para generar el personaje de la fogosa y rústica Tess, jovencita de nulos modales y delicadeza, de quiméricos hábitos de higiene, pero de inconmensurable pasión y bondad, características pues ajenas a los normales papeles por la Pickford encarnados; quizás por eso, siendo éste su papel más distinto, haya sido su predilecto al ser también el más desafiante. Interesante resulta apreciar la evolución del personaje, de la temperamental y casi salvaje chica del comienzo, a la noble y desinteresada jovencita que cuida del desgraciado huérfano hijo de Dan. Ciertamente que todo el peso actoral recae sobre ella, en efecto es su filme, era una prueba de carácter, y la Pickford se comportó a la altura de su leyenda; la que fuese fundadora de la United Artists, junto a su esposo Douglas Fairbanks e inmortales titanes como David Wark Griffith y Charly Chaplin, se convierte en protagonista absoluta del filme, su actuación es sólida, concisa, convincente, se entiende con sencillez que sea de lejos la estrella más deslumbrante del firmamento cinematográfico de entonces, la estrella femenina mejor pagada, y la más querida por el público en la etapa silente del cine. Vale mencionar que no era su primera vez asumiendo protagonismo total en una cinta, pues un año antes, en El pequeño Lord Fauntleroy (1921) de Alfred E. Green y su hermano Jack Pickford, asumió una respondabilidad similar. Al llegar el sonido al séptimo arte, ella se adaptó y encarnó papales más adultos, cosa que los espectadores no vieron con tan buenos ojos. Sea como fuere, ella es sin duda uno de los nombres femeninos mayores del cine de aquella década, y aquí tenemos una buena justificación de esta aseveración.








Robertson en su cinta demuestra ser un sobrio narrador audiovisual, considerando obviamente los recursos y disponibilidades de la época, apreciaremos una narrativa visual más bien austera, donde los planos fijos dominan prácticamente el filme completo. La sencillez de su narrativa se manifiesta en la ausencia de travellings, de movimientos o seguimientos, en la ausencia de dinamismo de la cámara, un lenguaje narrativo sencillo, sobrio, no deslumbrante ni espectacular. Queda esto compensado sin embargo por un correcto tratamiento de lo retratado, no ya en el plano visual, sino en el plano del montaje, de la estructuración del relato, y es que la trama, los eventos, se sienten correctamente conectados; el salto de una secuencia, de un momento a otro, y la diferencia de sentimientos en ellos contenidos, se siente fluida, el contraste generado al pasar de un momento a otro (por ejemplo, tras la muerte de Dan, inmediatamente vemos a Teola, alegre y preparando sus invitaciones para una boda que jamás sucederá) le dan mayor fuerza al relato, incremente el interés que despierta la cinta. Empero, si algo lamenta quien escribe que escasee en la cinta, y mucho, son los primeros planos, pues la muy correcta actuación de la Pickford hubiese sido positivamente potenciada y reforzada con un correcto trabajo de primeros planos, inundando la pantalla completa con su hermoso y expresivo rostro; pero de nuevo, los planos fijos medios y generales gobiernan la cinta. Dicho esto, podemos afirmar que en efecto no es la puesta en escena lo que descolle en el filme, las bazas principales son una sólida historia y la todavía más sólida actuación de la protagonista, para entonces ya poseedora de una dilatada filmografía; abundantes cortometrajes y no pocos largometrajes componían la andadura de la mayor celebridad actoral femenina. Como se dijo inicialmente, es un buen ejemplo del cine hollywoodense promedio de entonces, no es una maravilla como cine arte propiamente, pero cumple su objetivo, atrae, entretiene, es un decente entretenimiento, la decadencia cinematográfica hollywoodense aún no comenzaba; y de ese modo, en defensa del cineasta, se puede decir que este era el cine norteamericano típico entonces, escaso derroche de arte verdadero, y sin ser cintas mediocres, son cintas de entretenimiento, muy lejos de los despliegues cinematográficos europeos, rebosantes de arte en algunos casos, en USA más brillaban los intérpretes que los directores. Así se nos presenta la historia, la historia de algunos seres desgraciados, víctimas de las circunstancias, de seres nobles algunos, seres bajos y despreciables otros, como Letts, y en el medio de todos, ella, el compendio de virtudes, devota de Dios, intachable fémina, que encontrará feliz final en brazos de su amado. No podía sorprender que el final de la cinta sea un feliz desenlace, un feliz corolario para todas las penurias y dificultades vividas, correcto colofón para un filme que si bien no se acerca a las grandes obras maestras silentes, es un correcto ejercicio con una de las mayores actrices del viejo cine norteamericano. Como detalle final, vale mencionar que esta cinta es la segunda versión de la historia, la primera fue rodada en 1914, interpretada también por la Pickford. Realeza fílmica.





El pequeño Lord Fauntleroy (1921) - Alfred E. Green, Jack Pickford

En los albores de la década de los veinte del siglo XX del milenio pasado, el cine mudo sencillamente lo único que existía en el firmamento cinematográfico, el sonido era algo aún inédito, las estrellas brillaban por sus registros interpretativos, sin hablar. La estrella femenina por antonomasia de entonces era Mary Pickford, adorada por el público, la actriz mejor pagada del momento y fundadora, junto a otras estrellas, de la United Artists; era pues la estrella más rutilante, estelarizaba sus filmes sin mayor problema. Pero incluso para tan descollante figura, lo que se daría en esta cinta fue notable. La cinta, que es una adaptación de la novela de Frances Hodgson Burnett, nos  presenta la historia de un niño, aparente bastardo, que vive con su madre en un barrio norteamericano; un día, sin más, se entera que tiene buen abolengo, y que es heredero de título y fortuna de un conde inglés, por lo que su vida dará un vuelco increíble, pero también le hará enfrentar inesperadas dificultades y pruebas. Se da la circunstancia de que la legendaria Pickford sería elegida protagonista, pero por partida doble, y la veremos así encarnando al infante heredero de nobleza, y a su madre a la vez, ambos papeles recaerían en la fémina, cuyo hermano por cierto es uno de los dos directores de la cinta, pero no el más o importante definitivamente. Típica cinta norteamericana de la época, cuyo mayor aliciente es pues tener como protagonista, doblemente, a la gran Mary.

              


En un barrio y tiempo determinados en Nueva York, vemos a unos niños pelear, uno de ellos es Cedric Errol, que vive con su madre (ambos, la Pickford). El pendenciero chico y su madre, “dearest” (querida), viven tranquilamente, los amigos del niño son el Sr. Hobbs (James A. Marcus), la Sra. McGinty (Kate Price), y Dick (Fred Malatesta), miembros de la comunidad. Por su parte, en Inglaterra vive el Conde de Dorincourt (Claude Gillingwater), cuyo hijo mayor muere en un accidente a caballo, y a quien su mayordomo Havisham (Joseph J. Dowling), le indica que su nuevo heredero, es un hijo no reconocido, vive en América. No es otro que Cedric, Havisham  informa a la madre y al niño las novedades, ambos al comienza dudan con semejante revelación, pero ambos viajan a Inglaterra, se despide Cedric de sus amigos. Cedric, el nuevo pequeño Lord Fauntleroy, se aloja en el enorme castillo del Conde, pero  “dearest”, despreciada por el viejo noble, es relegada a una cabaña del castillo. El pequeño Lord conoce a su abuelo, se llevan bien fácilmente, incluso es presentando oficialmente como su nieto y legal heredero de título y fortuna, aunque Dearest sigue siendo relegada. Las cosas se complicarán mucho cuando aparezca una mujer reclamando y asegurando que es madre del verdadero heredero, el destino de Cedric peligra, pero tanto él como sus viejos amigos lucharán por su futuro y felicidad.









Las escenas de ambos personajes juntos sin duda son algo que llama la atención en el filme, considerando el año en que este recurso técnico fue conseguido, podríamos considerarlo una proeza, pues en efecto los vemos prácticamente interactuar, como su fueran dos personas distintas. No será un resultado extraordinario ni inmortal o imperecedero el conseguido en el citado apartado, secuencias en que ambos personajes interactúen, pero reitero, para el año de su producción, lo obtenido con esa habilidad técnica es digerible y apreciable. No faltará alguna voz que atice o cuestione sobre la verdadera necesidad u obligación de recurrir a esa técnica, a ese recurso casi forzoso simplemente para que Mary Pickford encarne ambos roles, que señale que hubiese sido preferible utilizar a un niño real, o dejarle solo el rol materno; opiniones respecto a tan singular hecho habrán muchas. Pero lo cierto es que la actriz canadiense encarna ambos papeles, y lo cierto asimismo o es que lo hace bastante aceptablemente, si bien en efecto no considero esta su interpretación más brillante, definitivamente la Pickford no rehúye a reto tan singular. A sus entonces 29 años, Mary realiza el que tengo entendido es su primer papel adulto, y aunque sea secundario, la estrella femenina demuestra estar a la altura de su leyenda, fundadora de la United Artists, trabajó junto a las más grandes estrellas del cine mudo norteamericano. Como veríamos un año después en Tess en el país de las tempestades (1922) de John S. Robertson, el filme se vuelve un completo lucimiento de su protagonista absoluta, la Pickford; en cualquier otro caso hubiese resultado impensable que una mujer recibiera semejante carga y responsabilidad actoral en tan reiteradas ocasiones, pero en el caso de Mary, era simplemente algo natural. Es tan divertido como notable que se aproveche lo diminuto de su tamaño, la menuda actriz quizá sin querer se beneficia de su reducida estatura, y pasa casi por verídico, en cuanto a talla, que se trate de un infante, en vez de una mujer que casi alcanza las tres décadas de vida; delirante que incluso se cree la secuencia, sin que se vea absurda, del pequeño Lord, la Pickford, peleando con otro infante.








Su personaje del niño es delineado pronto, un infante que no tiene menor problema en trenzarse a golpes, un niño sencillo, pero no falto de coraje. De otro lado, queda en la retina la imagen del orgulloso y envejecido patriarca, el Conde, que en el primer encuentro que tiene con su nuevo heredero, increíblemente, esnifa, lo vemos esnifando lo que no puede ser otra cosa más que cocaína, por inverosímil que esto pueda sonar; incluso, cuando el pequeño Lord quiera imitar a su abuelo, lo vemos realizando la misma actividad, e igual de inverosímilmente, vemos al infante estornudar. Sin duda detalles bastante curiosos, por decirlo de una manera, que ponen un toque extravagante y muy curioso en el filme. Ahora bien, definitivamente la historia no se siente como formidable o extraordinario relato, por momentos, en los momentos más álgidos del drama, se sienten esos eventos un tanto forzados, como una seguidilla de eventos increíbles, revelaciones inverosímiles, pero que al fluir una tras otra, se sienten más bien livianos. Así, en un instante el buen Cedric pasa de ser humilde, a pudiente heredero de un Conde; al otro pierde el título nobiliario ante otro infante, para finalmente recuperar su linaje y herencia. Quizás un tanto forzada se siente la retahíla de eventos casi epifánicos, ciertamente no tiene demasiada fuerza dramática la forma en que se presentan los hechos, el filme peca de algo facilista, como ver al rechoncho esposo de la mujer que clama ser madre del verdadero heredero, apareciendo en la misma sala del Conde, y delante de éste decirle a su mujer que la ha estado buscando, desenmascarándola por completo. Igualmente, comparado a otros roles de la gran Pickford, no es máxima la exigencia dramática del papel protagónico infantil, pero considerando el contexto, y el tiempo en que se trataban estas historias, deben haber sido recibidas a buen grado. Las cintas norteamericanas entonces eran muchas veces producidas en gran cantidad, casi en masa, pero cantidad no es sinónimo de calidad, y sin ser la cinta mediocre, se aprecia en su narrativa cierta austeridad, escasez de variedad en sus recursos narrativos visuales, en la forma de una cámara casi siempre estática.





Ausencia de travellings, o siquiera de un atisbo de dinamismo en la cámara, en prácticamente toda la película se aprecian planos fijos, tomas estáticas, una narrativa bastante economizada, que desemboca en un filme técnicamente no muy atractivo, con la salvedad del recurso que consigue unir a la Pickford y su participación por duplicado. Ese era el cine norteamericano entonces, poco arte, arte genuino, el cine se industrializaba y era una fuente de entretenimiento, de decente entretenimiento, más no un arte propiamente; al parecer la fórmula de adaptar novelas literarias del agrado del público era una costumbre bastante esparcida en Hollywood, como el presente filme. Todo aterrizaría en la involución y decadencia del cine yanqui actual, pero en ese entonces, el cine era un entretenimiento digno y nada despreciable, por más que distase mucho del verdadero cine arte que se producía, por ejemplo, en Alemania, con el expresionismo, entre otros países. La cinta, reflejando el libro originario de Frances Hodgson Burnett, desliza a su vez una muestra de la rivalidad o enemistad yanqui con Inglaterra, el recelo que existió en cierto momento y que hasta cierto sigue existiendo entre ambas naciones, pero que ese final conciliador y sencillo, acorde a la cinta, se encarga de sublimar. El largometraje, por cierto, tiene en sus créditos a dos realizadores, en orden de relevancia, tenemos a Alfred E. Green, uno de los más prolíficos cineastas yanquis de entonces, que empezó su andadura artística como actor, pero que terminaría dirigiendo más de una centena de ejercicios, un verdadero talento prolífico, aunque no considerado entre los titanes; del otro lado, el hermano de Mary, Jack Pickford, hombre cuyo mayor mérito en el cine fue ser hermano de su hermana, que incansablemente procuraba ayudarlo en Hollywood, pero muy probablemente su aporte en este filme, uno de los dos que supuestamente dirigió, fue poco más que testimonial. El filme no se acerca en ningún momento a las grandes obras maestras del cine mudo, contemporáneas a él, pero, con la participación por partida doble de la mítica Mary Pickford, se configura un filme apreciable, e imprescindible definitivamente para los fanáticos de una de las grandes musas del cine silente.





viernes, 17 de junio de 2016

Esposas frívolas (1922) - Erich von Stroheim

Erich von Stroheim es uno de los cineastas mayores de la época muda del cine, y en la década de los veinte del siglo pasado fue cuando algunas de sus grandes obras maestras se producirían, y en el caso de la cinta ahora comentada es un trabajo en el que el austrohúngaro se muestra más versátil que nunca. Von Stroheim hace las veces de escritor, director, y actor principal en esta cinta, que configura un caso que en más de una oportunidad la sucedería al director, la severa mutilación de su obra por parte de los productores, siendo además uno de los rodajes más accidentados y complicados para el cineasta, por diversos factores. Nos presenta la historia de un individuo timador, un sujeto que arriba a Mónaco, donde se hace pasar por un noble ruso para intentar seducir a la esposa de un eminente diplomático estadounidense, a la vez que va manteniendo vínculos con dos mujeres, supuestas primas suyas, y también va generando fraudes como falsificación de dinero. Continúa Von Stroheim siguiendo las directrices principales que guían muchas de sus obras, retrata con gran precisión y minuciosidad el escenario social monegasco, a la vez que muestra, a la vez que grafica lo hipócrita y postizo que pueden llegar a ser ciertos individuos, y lo manipulables, frívolos que pueden ser los americanos, particularmente las mujeres. Una cinta que fue brutalmente mutilada y reducida de su metraje original, pero que aún continúa teniendo mucho atractivo.

               


Se aprecia primero a las Princesas Olga Petchnikoff (Maude George) y Vera (Mae Busch), así como al conde Sergius Karamzin (von Stroheim), del ejército ruso, todos en las comodidades de sus aposentos. Reciben la visita de Cesare Ventucci (Cesare Gravina),  un individuo con el que están produciendo billetes falsos, planean hacerlos circular. Se entera el conde que un importante funcionario político estadounidense arribará a Monte Carlo, y planea junto a sus primas vincularse con ese sujeto, haciéndose pasar por nobles rusos. Arriban a Mónaco el enviado especial Andrew J. Hughes (Rudolph Christians), y su esposa Helen (Miss DuPont), mujer que llama la atención de Sergius. El conde se las ingenia para conseguir situaciones donde intima con ella, que se siente atraída, mientras Andrew nota con molestia esa creciente cercanía. A su vez el conde engaña a su criada, Maruschka (Dale Fuller) con falsas promesas de matrimonio, de ruina económica, y le arrebata los ahorros de toda su vida. Sergius intenta tanto hacer pasar por verdaderos sus billetes falsos como hacer crecer el dinero de la criada apostando, sin demasiada fortuna. El conde consigue llevar a Helen a sus aposentos, se entrevista a solas con ella, pero Maruschka, enloquecida de celos, prende en llamas toda la casa. Finalmente trágico desenlace tendrá el conde, sus primas serán detenidas, Helen se queda con Andrew.  









Las primeras imágenes que apreciamos del filme nos van mostrando ya a sus protagonistas centrales, las acomodadas princesas Olga y Vera, así como el conde, pasando buenos ratos y teniendo ciertos lujos, pues el cineasta nos muestra imágenes de la sirvienta poniéndoles almohadas debajo de los pies en la mesa. Junto con esta imagen, también vemos los alimentos y el caviar, el lujo del opíparo banquete, con una sola idea o plano detalle ya nos va delineando a sus personajes. Es el filme un nuevo ejemplo de la afición de von Stroheim a las superproducciones, de gran presupuesto y que él justifica con gran variedad de recursos técnicos en su realización, pudiendo apreciarse diversidad de planos, tomas panorámicas de la ciudad de Mónaco, grandes planos generales, planos de muchedumbres, interesantes encuadres, apreciaremos su ya conocida minuciosidad en el trabajo de retratar esos aspectos, una característica que se quedaría para siempre en su personalidad artística, el maestro da muestra del dominio y conocimiento que tiene del lenguaje cinematográfico, del amplio abanico técnico de que dispone para rodar sus cintas, realmente un dómine. Y por supuesto, sus primeros planos, algo en lo que siempre fue eficiente, primeros planos que capturan con eficiencia los registros de los actores, sus expresiones y gestos, pues en efecto en la cinta se pueden apreciar grandes actuaciones, partiendo por el propio director y guionista (vaya individuo von Stroheim, guionista, director e intérprete principal en esta cinta, un auténtico todo terreno cinematográfico), siguiendo con Miss DuPont. El uso de la luz, de las sombras, de los contrastes cromáticos es ya bastante bueno por parte del cineasta, sin que sea ésta sin embargo su mayor obra en ese aspecto. Es capaz, empero, de producir von Stroheim un soberbio claroscuro momentos después de la secuencia del incendio, donde se encuentra Maruschka. Dentro de la obviedad que resulta el abanico cromático en un filme en blanco negro, es interesante notar la diferencia de color que emplea el austrohúngaro, generando atmósferas distintas de las que impregna cada secuencia, un recurso ya utilizado en el cine mudo, el cine de blanco y negro, con tonos cálidos, tonos sepia, todos más fríos, obviamente todos para ilustrar distintos momentos, una noche, un interior, un exterior, etc; entre otros grandes titanes europeos, por ejemplo también hemos visto este recurso en el prodigioso Víctor Sjostrom.











La imagen del personaje central, el conde, es asimismo mostrada pronto, disparando a un blanco probando su eficaz puntería, fumando orgullosamente, y con el monóculo del que no se desprenderá en toda la cinta; es pues un sujeto distinguido, o al menos eso aparenta ser, esa imagen construye para proyectarla a los demás. Pero su real personalidad es también prontamente diagramada, cuando la hija de Ventucci, una fémina de extraña conducta, con aparentes trastornos mentales, tras ser estudiada por la cámara, es abordada por el conde, que pese a todo muestra intenciones al parecer deshonestas con la mujer. Vemos que se trata de un sujeto abyecto, de acciones reprobables, desde el comienzo vemos ya su personalidad en esos instantes. Es un individuo manipulador y conocedor de cómo obtener lo que desea, seduciendo a la esposa del diplomático, indicando a un niño que anuncie sus falsos cargos nobiliarios con la voz más alta que le sea posible proferir. En la cinta apreciamos principalmente eso, la falsedad, lo postizo de estos personajes, las charadas o artificiales números, el filme recorre su juego, sus falsedades son retratadas así como también la farsa de los billetes que harán circular. Se trata pues de sujetos timadores, que fabrican una falsa imagen, a través de la cual lograr sus maquiavélicos objetivos, seducir a Helen en el caso de Sergius. El conde es ciertamente uno de los personajes más ruines construidos por el austrohúngaro, tenemos secuencias elocuentes de esto, como verlo dándole cierta privacidad a Helen para que se desvista, pero él, primero volteándose para fingir falso respeto y solemnidad, luego a través de un espejo la mira desvistiéndose, aprecia su relativa desnudez con depravada sonrisa. Por si fuera poco, en esos momentos elocuentes aparece una cabra, animal que le pondrá literalmente el rabo en la cara al falso noble, insistentemente pondrá sus no tan nobles partes en el rostro del fisgón. Una figura ciertamente no muy elegante la presentada por el cineasta, pero que sirve para ridiculizar la figura del timador, para reforzar potentemente su ridícula figura y personalidad, y de paso esboza una escena de cierta comicidad gracias al impertinente animal. El falso noble primero se acerca con argucias a Helen de noche, a la mañana siguiente se besuquea con una de sus primas, y luego aún tiene tiempo y humor para mentir y engañar a la mucama. Es pues un ser bajo, abyecto, ruin, y su imagen se refuerza con esa perenne actitud socarrona, esa sonrisa socarrona que se complementa con la gorra militar utilizada de lado, chueca, torcida, como el personaje mismo que la lleva.










Otra imagen elocuente de ese personaje, es cuando se relaciona con Maruschka, resultando casi increíble que la mucama haya creído en realidad que el conde se casaría con ella, suplicando y sufriendo por la conducta del falso noble. Pero la figura se presenta cuando el conde finge llorar con ella, se cubre el rostro con las manos, hasta vierte un líquido que finge ser lágrimas suyas, pero cuando ella no ve, se ríe, esboza otra vez esa abyecta sonrisa, se burla de las mujeres, y finalmente, de modo inverosímil, obtiene el dinero de su propia criada, la engaña para quedarse con su dinero; es un ser despreciable, y de paso se justifica el título del filme, las liviandades, las frivolidades que se aprecian en todo cÍrculo social, particularmente el estrato alto ahora. Incluso se limpia la boca luego de besar a Maruschka -la misma que besa a un ave en un primerísimo plano, figura que veremos similar en Avaricia-, es severo y efectivo el retrato presentado. El final retazo de su personalidad nos será graficado cuando en el incendio nos muestre su real cara, la cara de la cobardía. Con esa secuencia se termina de despedazar la figura del conde, falsedad, mentira, cobardía, todo enfrascado en un frío maquiavelismo, pero finalmente ridiculizado. El tema tratado por von Stroheim, las situaciones retratadas, adquieren una vitalidad mayor cuando pensamos en el contexto en que se sitúa la cinta, el contexto es siempre herramienta vital para entender mejor y valorar una obra artística. En la década de los veinte del siglo pasado, en la industria cinematográfica Hollywood dejaba de ser la gran luminaria artística, sus principales exponentes, Griffith a la cabeza, comenzaban un lento declive artístico, y los grandes maestros europeos migraban a tierras yanquis, a brillar con luz propia en ese ambiente. Es el caso, entre muchos otros, de von Stroheim, recién llegado a Estados Unidos, visto como un exótico extranjero, el hecho de que los americanos ignoren ciertamente las maneras de la realeza europea, es algo que probablemente impactó y divirtió realmente al cineasta, para en cierta medida adaptarlo en su cinta, mientras reflexiona sobre las liviandades y frivolidades de los seres humanos, lo bajo de sus personalidades e instintos; probablemente vertió algo de su propio sentir el cineasta, insuflando esa vitalidad que toda creación artística tiene cuando se nutre de la realidad, de vivencias reales.








Estamos asimismo frente a una de las cintas del cineasta cuyo rodaje fue de los más accidentados para Erich, quizás la mayor en ese aspecto. Nueve horas de rodaje en total fueron las que produjo von Stroheim, material que fue reducido a poco más de dos horas, en otro detalle muy similar a lo que ocurriría dos años después en Avaricia, con todas las fricciones y dificultades que esto acarrea, quedándose muchas sub tramas en el aire, muchos personajes perdiendo relevancia, perdiendo cohesión y fluidez la obra en su totalidad. Finales alternos como Helen teniendo un bebé, el conde muriendo y siendo devorando por un pulpo (¡!...), incontables asperezas en el montaje final, sin mencionar las obvias y evidentes rupturas narrativas, producto por supuesto de la severa mutilación y reducción de material, muchas cosas del guión original se vieron severamente modificadas, muchos detalles cambian, otros eliminados simplemente, en otro ejemplo de la cruel intervención de los productores en una cinta. Por si fuera poco, Rudolph Christians, actor que interpreta al diplomático, tuvo que ser reemplazado, pues feneció durante el rodaje, y el doble utilizado, mayormente apareciendo de espaldas, aparece con cano cabello, contrastando con el negro pelo de Christians, bastante llamativo detalle conociendo la minuciosa personalidad de Erich. Ciertamente una cinta muy rica desde prácticamente todos los puntos de vista desde donde se la analice, una cinta que influyó directamente en un cineasta descomunal como Jean Renoir, y curiosamente el francés utilizaría a su referente ídolo von Stroheim en La gran ilusión (1937), dejando patente lo bien que le sentaba la actuación al austrohúngaro director (de hecho, su producción como actor es tremendamente mayor a su producción como cineasta, pero la genialidad no se mide en cantidad). También curiosamente, Renoir se caracterizó por ser director y actor protagonista de sus filmes a la vez; titanes muy similares ambos. La cinta de von Stroheim forma parte lamentablemente de esas cintas perdidas, esas cintas que jamás serán apreciadas como lo que su creador genuinamente quería, no realizadas como quería crearlas, sino como intentos de acercarse a ello; diversas versiones a lo largo de los años surgirán, pero no serán más que eso, esfuerzos por reconstruir algo imposible. Reducciones de nueves horas de rodaje a dos, unas crueles mutilaciones que harían ver menores a las que sufriría el mismísimo Orson Welles. Con todo, es una de las cintas referenciales de un cineasta mayúsculo dentro del cine mudo, la etapa dorada del arte cinematográfico, más que digna de atención para los conocedores de lo mejor del cine.