domingo, 7 de febrero de 2016

Gato negro, Gato blanco (1998) - Emir Kusturica

Tras ese soberbio ejercicio cinematográfico que significó Underground (1995), Emir Kusturica continúa sus actividades creativas con este nuevo largometraje, si bien se tomó un par de años de silencio, en los que produjo una seria para televisión, y un cortometraje. Underground fue algo descomunal, poderoso e incontenible, no dejó indiferente a nadie, hasta el extremo de la polémica generada por ciertas secuencias, a razón de lo cual el bosnio anunció su retiro del cine. Afortunadamente, tres años después entrega este nuevo trabajo, uno de sus más conocidos, y uno de los más reconocidos a su vez. Nuevamente Kusturica nos muestra a su gente, a su nación, y otra vez los gitanos son el pueblo que nos servirá de vehículo para todo lo que acontece en esta irreverente y delirante comedia. El cineasta nos presenta la historia de un gitano, un ladino individuo, estafador y ladrón, que al contraer una deuda debido a sus ilícitas actividades, debe ver la forma de paga a su deudor, un temible mafioso. Para ello, se arregla un matrimonio entre el hijo del endeudado, y la hermana menor del mafioso, debiendo para ello sortear disparatadas circunstancias, incluyendo hacer pasar por vivos unos cadáveres. Conteniendo todos los elementos usuales en Kusturica, la comedia es poderosa, incisiva, delirante y muy divertida, mantiene algunos de los nortes de trabajos previos, pero añade algunas novedades, siempre con su estrafalario y sórdido estilo, que lo convierte en un cineasta contemporáneo único.

             



El inicio de la cinta es usual respecto a lo que nos tiene acostumbrados Kusturica, presentándosenos un sencillo bosquejo del pueblo en el que nos adentraremos a través de la historia: unos individuos están en un puerto, padre e hijo se encuentran ahí, el joven Zare Destanov (Florijan Ajdini) observa a través de unos catalejos. Lo primero que ve es a dos gatos sobre un tejado, un gato negro y un gato blanco, además de animales de granja, animales domésticos, gente de pueblo realizando actividades cotidianas, mientras su padre juega a las cartas y reniega que se le interrumpa. Es pues a groso modo lo que Kusturica siempre muestra, y su humor no tardará en manifestarse, así como los retratos de su gente, cuando veamos posteriormente a Matko Destanov (Bajram Severdzan) probando combustible y bebiéndolo, aprobándolo complacido; rechazando por el contrario el agua, una figura que ya nos va delineando a las personas que observaremos y su particular entorno, pues los rusos les están cambiando agua por diesel. De este modo, nuevamente, veremos la especialidad de Kusturica, retratar con mucha eficacia y verosimilitud a su tierra, a su gente, ahí es donde radica mucha de la fuerza, la potencia y la naturalidad de las imágenes, los cuadros que nos presenta, la cinta se sentirá parte de la creación del bosnio, coherente y hermanada cinta desde el comienzo a todas las creaciones de Kusturica.







Y esta vez los protagonistas ya no serán jovencitos descubriendo el mundo -ya sea el sexo, ya sea la vida misma, como en la mayoría de sus trabajos previos-, algo que por cierto ya se había iniciado fogosamente con Underground. Esta vez, como entonces, son seres de mala calaña nuestros protagonistas, seres timadores, que se vinculan a su vez con otros seres de mal vivir, mafiosos, y que irán configurando el delirante y disparatado desfile de ocurrencias en el filme. Ahora a su colección de personajes se suma, a parte del ladrón Matko, un desenfrenado cocainómano: Dadan Karambolo (Srdjan Todorovic), temible delincuente que desde su primera aparición esnifa cocaína, escuchando música ciertamente no muy típica de su tierra rodeado de atractivas señoritas, apetitosas féminas que colman de atenciones a su señor, mientras éste goza en medio de las hedonistas y orgiásticas situaciones, configurando un personaje relativamente nuevo dentro de la muy variopinta colección de retratos humanos balcánicos del director. Es un trabajo que en buena medida compila algo de sus trabajos previos, elementos de filmes anteriores que el conocedor de su obra sabrá reconocer; así, por citar un ejemplo, escucharemos la recordada melodía,  el melancólico vals que repetidas veces oíamos en Papá está en viaje de Negocios. Recupera asimismo a algunos de sus actores de trabajos previos, y podremos reconocer a Ljubica Adzovic, la recordada abuela de Tiempo de Gitanos, así como a Predrag Manojlovic, el buen Marko de Underground; Kusturica evidentemente va formando una suerte de compañía de actores -como se suele denominar en el ámbito teatral a un grupo de intérpretes-, es una característica siempre remarcable en el cine, pues genera cercanía, intimidad entre actores y director, además de crear evidente cohesión y unidad entre los filmes que los involucren.










Ese toque de comicidad típico suyo seguirá manifestándose, figuras de su tierra y su gente matizadas por su particular visión, como por ejemplo una famosa y reconocida cantante, mientras realiza su performance, tiene como corolario a su actuación extraer con el trasero un clavo de una viga, algo que todos los gitanos celebran con algazara. La comedia de Kusturica es ciertamente más delirante que nunca en esta obra, con la diminuta novia escapando, primero en la caja de regalo, luego en un arbóreo muñón andante, una triste novia cuyo enanismo viene de familia, al observar un personaje una fotografía de un orgulloso novio cargando a su diminuta novia en un brazo, una novia también enana. La comedia presentada por Kusturica es una de las más delirantes que se haya visto, el detalle de éxtasis, el clímax de la demencia, al menos el primero, viene a ser naturalmente la muerte del abuelo, y la inverosímil determinación de ocultar su muerte, de “mantenerlo” vivo, para que la boda no se cancele, y por ende Matko pague su deuda a Dadan. Pero por si no fuera poco con eso, muere otro anciano, de la otra familia, optándose otra vez, sí, por rodearlo de hielo y hacer de cuenta que sigue vivo. Muerte y vida juntos, “los vivos con los vivos, los muertos con los muertos” reza el primer anciano, pero en esta oportunidad los muertos permanecerán entre los vivos, y no solo eso, los muertos resucitarán para regresar con los vivos. Un hecho sobrenatural acontece, nada extraño en el cine de Emir, ambos muertos, inverosímilmente, delirantemente, resucitan, ambos a la vez, el delirio es total.







Lo estrafalario de las personas retratadas va más allá, ante la negativa de la enana hermana a casarse, la comitiva de preparativos no tiene mejor idea que sumergirla, hundirla en las aguas del pozo de la localidad. Pero ahí no termina su severo y filudo humor, cuando le dicen que sus padres los observan desde el cielo, Dadan replica que está nublado, que no verán nada. Serán situaciones disparatadas tras otra, un nieto lleva a su abuelo un gran agasajo musical, un improvisado desfile con banda musical en el hospital, la enfermera protesta, pero uno billetes la hacen consentir complacida el espectáculo, que se esparce por toda la entidad. Nuevamente apreciamos toda la fuerza, el estrambótico estilo de Kusturica, el despliegue de colorido, la irrefrenable demencia, el delirio, cosas que a nuestros occidentales ojos pueden en efecto parecer estrafalarios, extravagantes, sin embargo, mucho de ese estrafalario universo no es ni más ni menos que la realidad de ese mundo, Europa del este, los Balcanes. Esto no significa, por supuesto, que Kusturica no envuelva todo eso en su particular visión, su particularísima óptica, que en efecto, tiene mucho de bizarría, de sordidez incluso, como apreciaremos en esta película. Citaré al propio maestro para ilustrar esta última aseveración, hablando sobre su cinta: «En mi último filme –dijo– también hay elementos propios de la guerra porque, en mi país, mucha gente la aprovechó para hacerse rica a costa del petróleo, del tabaco y otras cosas. Mi película es como una máscara detrás de la cual resulta difícil reconocer elementos realistas, pero, si se buscan, están. Ésta es la lectura política que yo hago».











Eso resume bastante bien lo antes descrito, Kusturica muestra en realidad a su tierra, con todas sus virtudes, defectos, excesos (de éstos él ilustra muchos por cierto), pero todo “encodificado” en su propia visión, todo detrás de esa “máscara” que él crea. De ese modo veremos todo el colorido, desenfreno y elementos pintorescos, todos presentes en la realidad de su Sarajevo, pero a su vez teñidos con esa reconocida sensibilidad al plasmar esa realidad, además de su único sentido del humor, ese humor negro y corrosivo; estas dos últimas características por cierto se encuentran maximizadas como nunca en la presenta película. Y es que conocido de sobra es ese sentido del humor suyo tan singular, presente en todas sus cintas, pero en esta oportunidad la comedia es el hilo que mueve todo, y en el que se encuadrarán todas las acciones y retratos representados. Pero el comentario de Kusturica sobre su cinta va más en referencia a la presencia política, la cual, si bien sublimada probablemente a raíz de un incidente a este respecto con su último filme, no se ausenta; y los soviéticos, cómo no, tienen injerencia en la zona de la ya extinta Yugoslavia, la zona balcánica donde realizan ese singular intercambio de combustible por agua. Este aspecto es importante pues Underground significó la cumbre de Kusturica, pero también le valió mucha polémica, mucha controversia, religiosa y política, al punto que llegó a afirmar su retiro del cine; un retiro que afortunadamente no fue tal, pero todo ello necesariamente influye de determinado modo en el creador, dejando sus alusiones políticas no tan evidentes como en casos anteriores; dejando, pues, que la comedia sea ahora el vehículo.







Momentos de esa severa y singular comedia quedan patentes, y entre otros tantos momentos, tendremos al buen Matko queriendo arrebatarle su maletín a un cadáver colgado tranquilamente en lo alto en plena carretera; una imagen que pareciese salida de un sueño, de un mundo de comedia estrambótica, es algo normal para Kusturica. Y continúa el balcánico su progresión como poeta de la imagen, como creador de figuras, generando alguna toma con un elegante yate en el agua, gente bailando sobre él mientras suena el Danubio Azul. Entre las tantas figuras por el maestro creadas, tenemos a un cerdo que devora pertinazmente un auto; el enorme marrano empieza de día, continuará hasta el anochecer, y aparecerá en otros momentos del filme. Emir siempre es gustoso de deslizarse sutilmente entre lo real y lo mágico, entre lo realista y lo absurdo, el cerdo devora autos, una banda de músicos que tocan sus melodías pendiendo de un árbol como frutos, es el mundo de Kusturica, lo real, lo surreal, lo imaginario, lo absurdo, confluyen con una naturalidad pasmosa. La música, tan vital e importante en sus trabajos fílmicos, nuevamente se hace presente aquí, pero con una sensible variación respecto a veces anteriores, abarcando algunos sonidos por supuesto característicos y típicos de su tierra, música romaní; pero además abarcara ahora otros ritmos, algunos atisbos de tecno, e incluso, esto en las figuras de Dadan y la intensa Ida (Branka Katic). Como se dijo, la música, siempre tan presente en las cintas de Kusturica, ahora es particularmente variada y abundante, evidenciando ya la otra de sus pasiones, su banda musical, que por esos años comenzaba ya actividad.










Lo interesante es que Kusturica consigue que todo se conjugue, que diversas figuras y símbolos confluyan, narrando todo con un adecuado ritmo, frenético pero con ritmo uniforme, logrando un equilibrio en su narración, y en la cinta. Otro detalle remarcable es que una secuencia por antonomasia está siempre presente en toda obra de Kusturica, y es la boda, el matrimonio, la unión marital que ahora veremos de novedoso modo. Evento siempre cargado de simbolismo, de significado y de importancia capital en sus cintas, nunca fue un evento tan centrado o desmenuzado como en esta oportunidad, nunca fue un evento tan central dentro de la trama del filme. Siendo uno de los corazones narrativos de la película, veremos pues muy detalladamente toda la parafernalia pueblerina de una boda gitana, la música, la barahúnda, los animales apareciendo en el fondo –la enana novia misma es llamada ganso, ave que en repetidas ocasiones veremos en el relato-, todo desarrollándose en la libertad de la naturaleza. Y en medio de lo descrito, la enajenación de Kusturica que no podía faltar, la novia enana se escapa escondida debajo de una caja de obsequio, numerosos disparos se realizan, un tiroteo en medio del jolgorio de la boda; es el mundo del bosnio, su pintura, su retrato que nos presenta del mundo gitano al que tanto ama y admira. El final es el corolario ideal de ese sórdido desfile de figuras y bizarría, Dadan literalmente nadando en excremento, nadando en mierda como ya le había predicho un personaje, harto de su tiranía; los resucitados ancianos beben, la feliz pareja se casa en un vehículo en movimiento, mientras aparece la leyenda de “final feliz”, en efecto la felicidad existe en ese rincón estrafalario del planeta, y así lo muestra Kusturica.





Para terminar, hablar del símbolo principal, los dos gatos que observaremos constantemente durante el filme, un felino negro y un felino blanco casi siempre juntos, marcando el contraste y el balance narrativo que iremos comprendiendo conforme la cinta avance. Para el seguidor de la obra del balcánico cineasta, la presencia animal es algo no solamente usual, sino de vital importancia y significado. En esta oportunidad, la evidente presencia viene a plasmarse a ser pues en esos felinos, esos gatos, que son la primera imagen al apreciar Zare el panorama por sus catalejos, y que aparecerán siempre durante la cinta; en distintas circunstancias, en distintos lugares, pero siempre presentes, siempre atestiguando silenciosamente todo, particularmente uno de los momentos más álgidos y bizarros, cuando Matko cambia el hielo al cadáver de su padre. Siempre juntos los gatos, marcando ese contraste, esa contraposición, el blanco y el negro, la vida y la muerte (oposición que en la cinta juega un rol central), el novio y la novia. La cinta es un nuevo ladrillo en la creación de Kusturica, siempre coherente y consistente en sus creaciones, manteniendo su perfil con actores casi desconocidos fuera de su tierra (Branka Katic es una agradable sorpresa, hermosa e intensa), y prosigue con su retrato de su tierra, y de los gitanos, con una fuerza y originalidad que lo vuelven el referente del cine de los Balcanes, y del cine mundial. Considerada una de sus obras maestras, sin duda la cinta contiene algunos de los momentos más memorables del cine de su creador, y es infaltable para su seguidor.







lunes, 25 de enero de 2016

Sueño de Arizona (1992) - Emir Kusturica

Cuarto largometraje del tan notable cineasta bosnio Emir Kusturica, un trabajo en el que más de una novedad apreciaremos, aunque ciertamente no todas las novedades serán tan positivas como uno hubiese deseado. Kusturica, para empezar, configura con este ejercicio lo que sería su hasta entonces primer y único trabajo fuera de su natal Sarajevo, fuera de Yugoslavia, o más exactamente, Bosnia. La causa viene a ser la guerra civil que estallara en el país balcánico, evento que hizo insostenible el hecho de seguir produciendo cine en un país ya por naturaleza turbulento y complejo. Kusturica viaja a los Estados Unidos, a Hollywood para rodar su trabajo, si bien es de producción francesa el filme. Nos representa una historia singular, como siempre en él, un joven que se gana la vida vinculándose con el negocio ictiológico, de pronto recibe el llamado de su admirado tío para que sea padrino en su boda; aceptando a regañadientes, se traslada hasta donde está su tío encontrando en su camino, viaje por Arizona, a una singular mujer y su hija, mujeres que le proveerán singulares experiencias. Una cinta que se siente desde un comienzo en efecto diferente a lo que hasta entonces había producido el chico malo de los Balcanes, marcadamente diferente, y en todos los aspectos, motivo por el cual quizás la cinta se detecte como la más endeble y la menos concisa hasta ese punto. Sin embargo, la cinta debe ser apreciada o juzgada partiendo desde el contexto, desde las circunstancias, algunas de las cuales ya fueron citadas.

                 



El filme comienza con una dedicatoria por parte del realizador a su padre, tras lo cual se nos presenta la primera imagen de la cinta, unos hombres que se encuentran alrededor de un iglú, para luego apreciar la difícil existencia en gélidas tierras, un individuo pasa problemas en el frágil hielo con su trineo de perros lobo. Un globo rosado nos traslada entonces, desde el hielo a la urbe, de la urbe, al protagonista, Axel Blackmar (Johnny Depp). Lo diferente en este filme a todo lo previo en Kusturica se siente desde el comienzo, cuando apreciamos los obvios créditos en inglés, pero también con la música, sintiéndose alejada de sus inicios anteriores, una obvia diferencia considerando que en sus tres filmes previos, la música era casi siempre íntimamente cercana a su tierra. Y así, como se dijo, aunque sea bastante evidente, la cinta refleja de inmediato su distinción a los previos trabajos del realizador, su esencia se advierte ajena por completo a aquellos trabajos, sentimos que Kusturica no se encuentra más ya en su hábitat natural, se siente que todos los nortes y recursos presentes anteriormente han perdido su fuerza, su efectividad. El cineasta ha sido extirpado, ha perdido su raigambre, el pez ha salido del agua, la fuerza y la potencia de sus retratos, entre otras cosas, se han atenuado, plasmado incluso en que sea la primera cinta no solo rodada fuera de Bosnia, sino también la primera ubicada fuera de los Balcanes, en el mundo Mediterráneo. Ahora, arrancado de sus orígenes, la música para su filme se siente también cercana a otra cultura, la norteamericana, además del pronto guiño a uno de sus íconos, Arnold Schwarzenegger; queda totalmente evidenciado que se trata de otra cultura, de otra esencia, y que incluso Kusturica no piensa esconderlo o disimularlo en modo alguno.






El homenaje a Estados Unidos continuará de manera casi ininterrumpida, rindiendo tributo el aspirante a actor, Paul Leger (Vincent Gallo), constantemente a las mayores luminarias actorales yanquis, Al Pacino, el titán Marlon Brando, y a Robert DeNiro, con esa singular secuencia de Toro Salvaje, e inclusive el tributo a North by Northwest, de la etapa yanqui del prodigioso maestro Alfred Hithcock, o un agradable guiño al gigante clásico El Padrino II; la cinta se imbuye pues totalmente en el firmamento actoral norteamericano, un detalle que tiene Kusturica para con sus eventuales anfitriones. Se siente, sin embargo, que su cine es en efecto más inocuo que en otras oportunidades, que ha perdido su poder -para bien o para mal, según se mire- corrosivo; si bien la comedia tampoco es infantil, ni mucho menos, notamos la disminución de la mordacidad, como si sus figuras y lo que representa hubiesen perdido cierto filo, inclusive su fuerza como creador de imágenes, si bien por supuesto que no desaparece, se siente que se detuvo, que no continuó con esa espectacular progresión observada particularmente de modo intenso en Tiempo de Gitanos (1988). Se siente a un poeta contenido, obligado, circunscrito y limitado por la lamentable y externa circunstancia del conflicto bélico interno, la guerra civil que estallaba en Bosnia e imposibilitaba una normal producción cinematográfica. Se debe entender primero que nada esa circunstancia como una de las causas capitales de esta cinta y sus peculiaridades.





Sentiremos tibios asomos de la maestría y dominio en el manejo de la cámara que Kusturica ya había alcanzado, con travellings recorriendo determinados escenarios, como la cena de los primos con sus mujeres anfitrionas, con la lente deslizándose sutilmente por la locación, mostrando su soltura; pero otra vez, siendo no más que un tibio halo de lo hasta entonces logrado por el realizador. Y es que muy lamentablemente, visionada ya la primera media hora del metraje, no es difícil percatarse de que, comparada con toda la fuerza y bondades de las cintas previas del bosnio -sobre todo de Tiempo de Gitanos, con la que tantas cimas había alcanzado-, este trabajo se siente como un lamentable atasco, como un atolladero. Kusturica, fuera de su medio natural, se percibe inevitablemente anquilosado en su accionar, en su lenguaje, en trasmitir con su lenguaje audiovisual; la guerra civil en su natal tierra lo expulsó de ahí, es por tanto esta peripecia en tierras yanquis algo no natural en su crecimiento, en su formación, es algo forzado, no voluntario, no es su genuino camino evolutivo, por lo que la cinta no debe ser despedazada por el apreciador; es casi una lástima lo sucedido, pero debe ayudar esto a entender el porqué de muchas cosas presentes en la cinta. Pese al lastre mencionado, sus constantes, sus sellos, siguen ahí, mantiene la enajenación, la relativa locura, propios de sus visiones, y la mencionada secuencia de la cena de los cuatro es ejemplo de ello, la locura, el desenfreno y lo absurdo son planteados y mostrados por Kusturica con su habitual cercanía y sencillez, y es que el maestro no se podía apagar completamente, ni mucho menos, ante un eventual escollo.





Algo que en Kusturica escapa a cualquier agente externo, a cualquier circunstancia o situación ajena a su élan creativo, es su poderosa capacidad de creador de imágenes, de poeta audiovisual, y de eso sí apreciaremos mucho en la cinta. Grace (Lili Taylor), la madura fiera femenina que devora jóvenes, desea volar, manifestándose las absurdas intentonas de los amantes con diversos artilugios primitivos para alzar vuelo, al más puro estilo de Leonardo, con las disculpas del genio renacentista. Asimismo, el pez será uno de los elementos, uno de los símbolos, los más poderosos de todo el filme, habiendo sido presentado pronto por Axel casi como un alter ego suyo, desempeñándose él en la muy singular ocupación de monitorear a los peces, de incluso aplicarles una descarga mínima eléctrica, y narrándonos cómo, al ver a los ojos del pez, se ve casi a sí mismo; singular paralelo el que nos hace para luego surrealmente ver a un pez “nadando” en el aire, surcando los cielos para pasearse despreocupadamente por más de una locación de la cinta. El tiene un íntimo vínculo con los peces, él, como el pez, surca por todo lo que vemos, es el protagonista, el vehículo por el que viajaremos a través del relato. El pez, como él, transita y deambula por este extraño universo, por el cielo de la nieve, por el ocaso de un desierto, entre cactus y arena, por la urbe, por el negocio de vehículos, por el cielo nocturno al morir Elaine. Es sin duda una alegoría a Axel y a sus propias vivencias, aparece cada vez que un evento significativo ocurre, que algo sucede para cambiar definitivamente a Axel, a él, al que siente un extraño vínculo con los peces, y con esos ojos acuáticos que a la mayoría no le despertaría mayores sensaciones. A la vez, es una singular variación del elemento animal, siempre presente y de cierto significado en el cine del bosnio.







Veremos a nuestros protagonistas comiendo con una tortuga en la mesa, no pierde el cineasta del todo por supuesto su capacidad para crear algunas de sus figuras, algunas de las imágenes que crea, y veremos de ese modo al quelonio caminando por la mesa, entre las velas y los alimentos. Algún esbozo de enajenación asimismo, con Faye Dunaway tocando el acordeón mientras el demente Axel se pasea peculiarmente imitando un ave de corral; se percibe necesariamente un halo de que, al margen de todo, es un filme de Emir Kusturica. Ese acordeón será uno de los pocos elementos físicos que han sobrevivido a esa severa escisión de su creación respecto a obras previas, y es que, lógicamente, algo de su estrambótico estilo se mantiene, algo de su mística, y por raro que suene, la cinta es extraña, pero no extraña a la manera de Kusturica, sino extraña por ser una inusual y rara mezcla de sus perennes nortes y lineamientos, pero ahora adaptándose a un medio, cultura y esencia por completo nuevos al creador. Se da pues lo normal, hay elementos que se han quedado en su tierra, junto con parte de la fuerza que Kusturica es capaz de imprimir a una cinta, a un relato ambientado en la tierra en la que creció, la tierra que él respira. Ahora, ido ese entorno, se fueron también sus poderosos retratos humanos, los retratos de una generación completa, de un país entero; toda la fuerza que emanaba de la concisión de esos constructos, está ahora, como era predecible y normal, ausentes, o, al menos, disminuidos muy considerablemente.





El elemento onírico por supuesto se hará presente nuevamente en el cine de Kusturica, prontamente observando el sueño de Axel, en medio del desierto, una larga e interminable fila de vehículos, colocados a elevada altura; a la vez que sabremos que un ancestro suyo tuvo el sueño de “apilarlos”, y llegar de ese modo a la luna. Se asoma un tibio simbolismo de ese sueño, ahora casi impuesto al descendiente, que se ve poco menos que obligado e inmerso en esa situación, venta de autos. Algo a tomar en cuenta considerando que es la historia de un joven que se ha desencantado de alguien de la infancia, que no quiere seguir sus pasos, empero lo hará, y en el camino descubrirá algunos de sus propios sentimientos. En el ámbito mágico onírico, tenemos también la imagen asimismo de la ambulancia, la ambulancia que mágicamente vuela, con el cadáver del tío Leo, hasta alcanzar la luna, y su sueño; una agradable imagen y metáfora, que, empero, languidece ante su relativa soledad en medio de una cinta en la que se perciben las múltiples limitaciones y restricciones que debió sentir Kusturica. Elaine levita, flota naturalmente sentada en una silla; el surrealismo no desaparece por completo, eso sería impensable en Emir, que nos habla nuevamente con mayor vigor a través de esas secuencias oníricas, donde su genio puede brotar libremente, sin ataduras a convencionalismos. Y es que, pese a todo lo mencionado, siempre da la impresión de salir bien parado Kusturica; su sello, su personal impronta, siguen ahí, pese a todo lo comentado, y eso es remarcable, es lo que finalmente termina imponiéndose en la cinta.





La cohesión de ambos mundos, el real, el mundo concreto, y onírico, el mundo surreal, si bien es correcta, no funcionará tan efectiva ni tan potentemente como en ocasiones anteriores, y no encuentro a las actuaciones particularmente loables, salvo quizás una Faye Dunaway que aporta cierta frescura como la hija de la madre devoradora de jóvenes, y Jerry Lewis, el tío Leo, que con su experiencia construye un personaje relativamente atractivo. Se rompieron muchas de las hasta entonces inquebrantables constantes de Kusturica. Ya no observaremos a un niño o adolescente siendo el protagonista, esta vez es ya un joven, un joven adulto el que es protagonista; ahora ya no nos presenta un genuino y cercano retrato de su tierra, ni de su gente en su innato entorno; ahora el romance se ha bifurcado para concretarse en madre e hija, disimiles una de otra, pero presentes en el camino de Axel. Los personajes asimismo han perdido fuerza, no delineados con tanta contundencia como antes, sin la raigambre -en buena medida debida al entorno natural balcánico- que antes los convertía en tan efectivos retratos de una nación completa; todo presentado con un acompañamiento musical que asimismo pareciera dividirse entre los dos mundos que concilia. Se clausura la cinta con la inicial figura, ese rosado globo que se pasea y nos transporta, mientras vemos otra imagen similar a la inicial, unos hombres en el hielo con sus lobos. En suma, lo dicho, es una cinta con la que se rompe la dinámica que llevaba Kusturica; algunos dicen que para entender a un genio hay a veces que mirar a sus obras más débiles, no a sus obras maestras. Y ahí lo tenemos, expulsado de su Bosnia natal, lejos de su Sarajevo, presa de circunstancias, haciendo cine en Hollywood, lo peor que le puede  pasar a un cineasta que hace arte de verdad; y ahí lo vemos, resistiendo, imponiendo su sello, normalmente influenciado, teñido por las circunstancias, pero resistiendo, pues el filme nunca deja de sentirse, con todo, una obra de su autor. Singular cinta de Kusturica, a mirar con el cuidado debido.